Visita a un oratorio arcaico, de Tomás Segovia | Poema

    Poema en español
    Visita a un oratorio arcaico


    Colección reservada de sonetos votivos 



       I 


    Si te busco y te sueño y te persigo, 
    y deseo tu cuerpo de tal suerte 
    que tan sólo aborrezco ya la muerte 
    porque no me podré acostar contigo; 

    si tantos sueños lúbricos abrigo; 
    si ardiente, y sin pudor, sy en celo, fuerte 
    te quiero ver, dejándome morderte 
    el pecho, el muslo, el sensitivo ombligo; 

    si quiero que conmigo, enloquecida, 
    goces tanto que estés avergonzada, 
    no es sólo por codicia de tus prendas: 

    es para que conmigo, en esta vida, 
    compartas la impureza, y que manchada, 
    pero conmovedora, al fin me entiendas. 



       II 


    ¿Qué sabes tú, qué sabes tú apartada 
    injustamente en tu cruel pureza; 
    tú sin vicio, sin culpa, sin bajeza, 
    y sólo yo lascivo y sin coartada? 

    Rompe ya esa inocencia enmascarada, 
    no dejes que en mí solo el mal escueza; 
    que responda a la vez de mi flaqueza 
    y de que tú seas hembra y encarnada; 

    que tengas tetas para ser mordidas, 
    lengua que dar y nalgas para asidas 
    y un sexo que violar entre las piernas. 

    No hay más minas del Bien que las cavernas 
    del Mal profundas; y comprende, amada, 
    que o te acuestas conmigo o no eres nada. 



       III 


    Tus ojos que no vi nunca en la vida 
    turbarse de deseo, ni saciados 
    dormirse tras la entrega, ni extraviados 
    mientras tú gimes loca y sacudida; 

    tu oreja, dulce concha adormecida 
    que no alojó a mi lengua de obstinados 
    embates de molusco; tus negados, 
    cerrados labios de piedad prohibida 

    que hurtan tu lengua, rica pesca extrema, 
    ni fueron nunca abiertos la diadema 
    de coral húmeda y abrasadora 

    que por tu rey mi miembro coronase: 
    yo mismo en todo esto, hora tras hora, 
    mi muerte fundo y a mi mal doy base. 



       IV 


    ¿Pero cómo decirte el más sagrado 
    de mis deseos, del que menos dudo; 
    cómo, si nunca nombre alguno pudo 
    decirlo sin mentira o sin pecado? 

    Este anhelo de ti feroz y honrado, 
    puro y fanático, amoroso y rudo, 
    ¿cómo decírtelo sino desnudo, 
    y tú desnuda, y sobre ti tumbado, 

    y haciéndote gemir con quejas tiernas 
    hasta que el celo en ti también se yerga, 
    único idioma que jamás engaña; 

    y suavemente abriéndote las piernas 
    con la lengua de fuego de la verga 
    profundamente hablándote en la entraña? 



       V 


    Toda una noche para mí tenerte 
    sumisa a mi violencia y mi ternura; 
    toda una larga noche sin premura, 
    sin nada que nos turbe o nos alerte. 

    Para vencerte y vencerte y vencerte, 
    y para entrar a saco sin mesura 
    en los tesoros de tu carne pura, 
    hasta dejártela feliz e inerte. 

    Y al fin mirar con límpida mirada 
    tu cuerpo altivo junto a mí dormido 
    de grandes rosas malvas florecido, 
    y tu sonrisa dulce y fatigada, 

    cuando ya mis caricias no te quemen, 
    mujer ahíta de placer y semen. 



    V (bis) 



    Toda una noche para mí tenerte 
    sumisa a mi violencia y mi ternura, 
    toda una larga noche sin premura, 
    sin nada que nos turbe o nos alerte. 

    Para vencerte, y vencerte, y vencerte, 
    y para entrar a saco sin mesura 
    en los tesoros de tu carne pura, 
    hasta que en un rendido hartazgo inerte 

    te me duermas feliz y devastada; 
    y entonces, yo tranquilo y tú sin nada 
    por fin que defender, por vez primera 
    mirarte dulce, amiga y verdadera, 

    cuando ya mis caricias no te quemen, 
    mujer ahíta de placer y semen.