El célebre océano, de Vicente Huidobro | Poema

    Poema en español
    El célebre océano

    El mar decía a sus olas 
    hijas mías volved pronto 
    yo veo desde aquí las esfinges en equilibrio sobre el alambre 
    veo una calle perdida en el ojo del muerto 
    hijas mías llevad vuestras cartas y no tardéis 
    cada vez más rápidos los árboles crecen 
    cada vez más rápidas las olas mueren 
    los récord de la cabeza son batidos por los brazos 
    los ojos son batidos por las orejas 
    sólo las voces luchan todavía contra el día 

    creéis que oye nuestras voces 
    el día tan maltratado por el océano 
    creéis que comprende la plegaria inmensa de esta agua que cruje 
    sobre sus huesos 

    mirad el cielo muriente y las virutas del mar 
    mirad la luz vacía como aquel que abandonó su casa 
    el océano se fatiga de cepillar las playas 
    de mirar con un ojo los bajos relieves del cielo 
    con un ojo tan casto como la muerte que lo aduerme 
    y se aduerme en su vientre 

    el océano ha crecido de algunas olas 
    el seca su barba 
    estruja su casaca confortable 
    saluda al sol en el mismo idioma 
    ha crecido de cien olas 

    esto se debe a su inclinación natural 
    tan natural como su verde 
    más verde que los ojos que miran la hierba 
    la hierba de conducta ejemplar 

    el mar ríe y bate la cola 
    ha crecido de mil olas

    Vicente Huidobro (Chile, 1893-1948), es considerado, junto a Neruda, de Rokha y Mistal, uno de los cuatro grandes de la poesía chilena. Inició el movimiento artístico llamado "Creacionismo", que pretendía hacer de la poesía un instrumento de creación absoluta donde el mundo de los objetos sería secundario, creando un mundo referencial de la propia poesía.

    • En la ruta de la Tiniebla 
      me encontré con un ice-berg 
      de dónde vienes. A dónde vas 
      voy buscando el puerto de mi palabra 
      estoy frío como el cadáver que se llevan en hombros 
      y enfría los hombros de los hombres a causa de sus lágrimas 
      redondas como el mundo 

    • Aquí comienza el campo inexplorado 
      Redondo a causa de los ojos que lo miran 
      Y profundo a causa de mi propio corazón 
      Lleno de zafiros probables 
      De manos de sonámbulos 
      De entierros aéreos 
      Conmovedores como el sueño de los enanos 

    • Altazor ¿por qué perdiste tu primera serenidad? 
      ¿Qué ángel malo se paró en la puerta de tu sonrisa 
      Con la espada en la mano? 
      ¿Quién sembró la angustia en las llanuras de tus ojos como el adorno de un dios? 
      ¿Por qué un día de repente sentiste el terror de ser? 

    • Y he aquí que una buena mañana, después de una noche de preciosos sueños y delicadas pesadillas, el poeta se levanta y grita a la madre Natura: Non serviam

      Con toda la fuerza de sus pulmones, un eco traductor y optimista repite en las lejanías: “No te serviré”. 

    • Nací a los treinta y tres años, el día de la muerte de Cristo; nací en el Equinoccio, bajo las hortensias y los aeroplanos del calor. 
      Tenía yo un profundo mirar de pichón, de túnel y de automóvil sentimental. Lanzaba suspiros de acróbata. 

    • Es para llorar que buscamos nuestros ojos 
      para sostener nuestras lágrimas allá arriba 
      en sus sobres nutridos de nuestros fantasmas 
      es para llorar que apuntamos los fusiles sobre el día 
      y sobre nuestra memoria de carne 

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