Caminaba el Conde Olinos la mañana de San Juan, por dar agua a su caballo en las orillas del mar. Mientras su caballo bebe él se ponía a cantar: -Bebe, bebe, mi caballo, Dios te me libre de mal, Dios te libre en todo tiempo de las furias de ese mar. Las aves que iban volando se paraban a escuchar porque les gustaba mucho aquel tan dulce cantar. La reina que lo escuchaba a su hija fue a buscar: -Oye, hija, cómo canta la sirena de la mar. -No es la sirenita, madre, la que dice ese cantar. Es la voz del Conde Olinos que por mí penando va. -Pues si es el Conde Olinos yo lo mandaré a matar. ¡Vengan pronto, mis soldados, al Conde Olinos matad! Él murió a la madrugada, ella, a los gallos cantar. A los dos los enterraron en medio de un platanal. Dos arbolitos crecieron en aquel mismo lugar; ni en la vida, ni en la muerte los pudieron apartar.
«En la mayor parte de la historia, Anónimo era una mujer» Virginia Woolf
Madrugaba don Alonso a poco del sol salido; convidando va a su boda a los parientes y amigos; a la puerta de Moriana sofrenaba su rocino: -Buenos días, Moriana. -Don Alonso, bien venido. -Vengo a brindarte, Moriana,
Blanca sois, señora mía, más que no el rayo del sol ¿si la dormiré esta noche desarmado y sin pavor? que siete años había, siete, que no me desarmo, no. Más negras tengo mis carnes que un tiznado carbón. -Dormilda, señor, dormilda,
Caminaba el Conde Olinos la mañana de San Juan, por dar agua a su caballo en las orillas del mar. Mientras su caballo bebe él se ponía a cantar: -Bebe, bebe, mi caballo, Dios te me libre de mal, Dios te libre en todo tiempo
¡Cuán traidor eres, Marquillos! ¡Cuán traidor de corazón! Por dormir con tu señora habías muerto a tu señor. Desque lo tuviste muerto quitástele el chapirón; fuéraste al castillo fuerte donde está la Blanca Flor. -Ábreme, linda señora,
Estando yo en la mi choza pintando la mi cayada, las cabrillas altas iban y la luna rebajada; mal barruntan las ovejas, no paran en la majada. Vide venir siete lobos por una oscura cañada. Venían echando suertes cuál entrará a la majada;
—Pregonadas son las guerras de Francia con Aragón, ¡cómo las haré yo, triste, viejo y cano, pecador! ¡No reventaras, condesa, por medio del corazón, que me diste siete hijas, y entre ellas ningún varón!
Un Mandarín de Pekín que residía en Cantón y no tocaba el violín porque tocaba el violón decía con presunción y con cierto retintín que de confín a confín de toda aquella nación del gorro hasta el escarpín era rico y trapalón.