Córdoba arde eternamente sobre un río de fuego, de Antonio Colinas | Poema

    Poema en español
    Córdoba arde eternamente sobre un río de fuego


    «En este edificio que había sido mansión romana y palacio árabe, 
    luego se estableció la Inquisición desde 1490 hasta 1821″ 
    (De una Guía de la ciudad)

     

    Viendo la muchedumbre de papeles y libros sediciosos 
    que nos vienen de Francia, convendría que todos 
    fuesen quemados. Y otro tanto se haga 
    con los que hablan de gramática, retórica o dialéctica 
    o cuantos nos contagien con esta pestilencia 
    Y en el nombre del Padre y del Hijo y del ESPÍRITU SANTO 
    empezaron a arder los libros de la Ciencia, 
    a cegarse los arcos, a abrirse en los muros 
    la sonrisa de acero de las verjas, 
    a razonar desde la sinrazón, 
    a vivir desviviéndose. 
    Durante cuatro siglos aquí tuvo su sede 
    la Santa Inquisición. (Acudimos al breve 
    remedio a que, en conciencia, estamos obligados 
    15 para aplacar a nuestro Señor, que está ofendido, 
    pues están estos reinos cercados de enemigos 
    Las soberbias estatuas de mármol sin cabeza 
    comenzaron a cimentar los muros 
    de conventos y ermitas. Con un templo querían 
    ocultar otro templo. No sabían que todo 
    espacio es sagrado cuando se está pensando 
    en la Divinidad. 
    Durante cuatro siglos la vida fue una historia 
    enterrada en el sueño de frescos y mosaicos. 
    Dejó el agua de ser en los jardines agua 
    para pasar a ser agua bendita. 
    Mas no podían contener los muros 
    la fiebre de la sangre, y en el aire 
    el azahar arrastraba aún los besos 
    de los siglos pasados. (El justo Dios discierne 
    la vida de los hombres haciendo a unos siervos 
    ya otros Señores para que la licencia 
    y el mal obrar del siervo la reprima el poder 
    de los que le dominan. 
    Quisieron ir sembrando en el verdor ceniza, 
    sepultar los aromas de la luz en las fosas, 
    someter cada cosa a la monotonía 
    de la espada y el dogma, 
    pero bajo la tierra había resonancias 
    de músicas, y cascos sobre los empedrados, 
    provocación de rosas oscuras y jazmines, 
    labios que musitaban en las diversas lenguas, 
    los rumores nocturnos de acequias y de cedros. 

    (¡Oh virtuosa, magnífica guerra, 
    en ti las querellas volverse debían! 
    Esforzábase el obispo -¡Dios qué bien lidiaba!- 
    dos moros mató con lanza y cinco con espada. 
    ¡Qué maldita canalla! ¡Perros herejes, ministro 
    soy de la Inquisición Santa! Y hervía el aire 
    infectado de negras oraciones, 
    fueron llenando todos los rincones de cruces 
    y, desde entonces, el limoso curso 
    del río no ha cesado de ir sobrecargado de lujuria. 
    Durante cuatro siglos aquí tuvo su sede 
    la Santa Inquisición, 
    pero bajo las losas crecían los rosales 
    de la verdad, se abrían paso los manantiales, 
    continuaba incesante el abrazo 
    de los amantes muertos. (Señor, Señor, 
    corrigiendo hemos ido. Tu obra, 
    la hemos fundamentado 
    sobre la autoridad, el misterio, el milagro 
    De pozos secos, de estanques cegados 
    por las piedras asciende la tormenta 
    negra de los relinchos de miles de caballos 
    y el sabio, indomable, como tormenta guarda 
    celoso en el centro de su cerebro toda 
    la verdad recibida de la Naturaleza. 
    Había cansinas músicas y rancias oraciones 
    derrotadas por cada atardecer morado 
    y vaciaba el cielo sus estrellas mojadas 
    en la yerba piadosa que no sabe de dogmas. 
    (Que los delitos son: el ser judaizante o morisco, 
    el pecado de la fornicación, blasfemia, 
    brujería, herejía y sean los castigos: 
    cárcel, confiscación o sambenito, 
    reprimenda, galeras o destierro, 
    azote, suspensión, despedida, hoguera... 
    Uno a uno destrozan los frisos y cercenan 
    las columnas rosadas, mas de ellas va saltando 
    la sangre como fuente y en los muñones roídos 
    de cada capitel las zarzas siembran gozo 
    y ocultan el pecar furtivo de los jóvenes. 

    Sueños de Oriente y sueños de Occidente 
    eran un solo sueño en los jardines 
    de esta ciudad cuando llegó la Santa 
    Inquisición. (Los leños, la bayeta, 
    cera amarilla, obra de tablado y cadalso, 
    milicia y pintado de esfinges, las toquillas, 
    ~ la cera y las largas túnicas con sus cruces, 
    comida para el Santo Tribunal y Ministros... 
    Vendan los ojos, atan lentamente las manos 
    a argollas y maderos, 
    pero la vida aúlla dentro de cada cárcel 
    como un enorme animal herido. 
    Y esa incesante pira que alzan en las plazas, 
    va avivando mil fuegos de libertad serena 
    en cada corazón de los humanos. 
    Tras el mucho penar lo sacan y lo arrojan 
    100 al suelo y le escupen, le tiran de las barbas, 
    le dan mil bofetadas, lo llenan de incontables 
    afrentas y denuestos. Gritan a voz en cuello: 
    ¡Muera el traidor a la patria! 
    In nomine Pater et Fili et Spiritu Santo... 
    ¡Oh ignorancia, cuadrada locura española! 
    Hoy la ciudad arroja fuego de sus pulmones, 
    se rebela en sus ruinas contra los nuevos bárbaros, 
    ve arder jubiloso el mal sueño de ayer. 
    los huesos calcinados de sus inquisidores.