Manía de soledad, de Cesare Pavese | Poema

    Poema en español
    Manía de soledad

    Ceno cualquier cosa junto a la clara ventana. 
    El cuarto tiene ya la oscuridad del cielo. 
    Al salir, las calles tranquilas conducen, 
    en pocos pasos, al campo abierto. 
    Como y miro el cielo —quién sabe cuántas mujeres 
    están comiendo a estas horas—; mi cuerpo está tranquilo; 
    el trabajo y la mujer aturden mi cuerpo. 

    Afuera, después de la cena, las estrellas vendrán a tocar 
    la tierra en su extensa llanura. Las estrellas están vivas 
    pero no valen lo que estas cerezas que como a solas. 
    Miro el cielo, pero sé que entre los tejados mohosos 
    ya brilla alguna luz y que abajo hay rumores. 
    Un gran sorbo y mi cuerpo saborea la vida 
    de las plantas y los ríos, sintiéndose apartado de todo. 
    Basta un poco de silencio para que todo se detenga 
    en su lugar real, como ahora mi cuerpo. 
    Toda cosa se aísla frente a mis sentidos 
    que la aceptan sin corromperse: un murmullo de silencio. 
    Puedo saberlo todo en la oscuridad, 
    como sé que la sangre corre por mis venas. 
    La llanura es un gran correr de aguas entre las hierbas, 
    una cena de todas las cosas. Todas las plantas y las piedras 
    viven inmóviles. Oigo a mis alimentos nutrirme las venas 
    de todas las cosas que viven sobre esta llanura. 
    No importa la noche. El cuadrado del cielo 
    me susurra todos los fragores y una estrella pequeña 
    se debate en el vacío, lejana de los alimentos, 
    de las casas, distinta. No se basta a sí misma, 
    necesita demasiadas compañeras. Aquí, en la oscuridad, solo, 
    mi cuerpo está tranquilo y se siente señor.

    Cesare Pavese (1908-1950) nació en Santo Stefano Belbo, un pequeño pueblo del Piamonte. Además de traductor y editor, fue uno de los escritores más destacados de la historia de la literatura italiana. Su carácter introspectivo y solitario marcó toda su obra, muy ligada a los lugares donde creció y caracterizada por un delicado matiz intimista. A causa de su declarado antifascismo fue confinado durante tres años por el régimen de Mussolini en una pequeña población de Calabria, experiencia que lo marcó profundamente bajo el punto de vista humano y literario. Suyas son algunas de las obras más valiosas del siglo XX italiano. Entre ellas: El diablo en las colinas (1948), La luna y las fogatas (1950) o su magnífico diario publicado póstumamente, El oficio de vivir (1952). Se suicidó en Turín con 42 años. 

    • Cada día el silencio del cuarto solitario 
      se cierra sobre el leve derroche de cada gesto 
      como el aire. Cada día la breve ventana 
      se abre inmóvil al aire que calla. La voz 
      ronca y dulce no vuelve en el fresco silencio. 

    • Cada noche supone la liberación. Se contemplan los reflejos 
      del asfalto sobre las avenidas, que se entregan, lucientes, al viento. 
      Cada esporádico transeúnte tiene un rostro, una historia. 
      Mas ya no hay cansancio a esta hora: quien se detenga 

    • Es un placer lanzarse al agua que fluye límpida 
      y fresca de sol: a esta hora no hay nadie. 
      Al rozarlas, las cortezas de los chopos te hacen estremecer 
      mucho más que el agua crepitante de un chapuzón. Bajo el 
      agua todavía está oscuro 

    • Me he encontrado a mí mismo. 
      Reflejado en el espejo 
      infinito, cintilante, 
      estoy, encorvado, envuelto en humo 
      y ni siquiera sé ya 
      si es en verdad una ilusión 
      o soy yo en cambio 
      su imagen vacía. 

    • El hombre solo se levanta cuando el mar está todavía oscuro 
      y las estrellan vacilan. Una tibieza de aliento 
      sube desde la orilla, donde está el lecho del mar, 
      y suaviza la respiración. Esta es la hora en que nada 
      puede suceder. Hasta la pipa, entre los dientes, 

    • entre los tallos delgados: la mujer le muerde los cabellos 
      y después muerde la hierba. Entre la hierba, sonríe turbada. 
      Coge el hombre su mano delgada y la muerde 
      y se apoya en su cuerpo. Ella le echa, haciéndole dar tumbos.