Sueño, de Cesare Pavese | Poema

    Poema en español
    Sueño

    ¿Aún ríe tu cuerpo con la intensa caricia 
    de la mano o del aire y en ocasiones reencuentra 
    en el aire otros cuerpos? Muchos de ellos retornan 
    con un temblor de la sangre, con una nada. También el cuerpo 
    que se tendió a tu flanco te busca en esta nada. 

    Era un juego liviano pensar que un día 
    la caricia del alba emergería de nuevo 
    cual inesperado recuerdo en la nada. Tu cuerpo 
    despertaría una mañana, enamorado 
    de su propia tibieza, bajo el alba desierta. 
    Un intenso recuerdo te atravesaría 
    y una intensa sonrisa. ¿No regresa aquel alba? 

    Aquella fresca caricia se habría apretado a tu cuerpo 
    en el aire, en la íntima sangre, 
    y habrías sabido que el tibio instante 
    respondía en el alba a un temblor distinto, 
    un temblor de la nada. Lo habrías sabido 
    igual que, un día lejano, supiste que un cuerpo 
    se tendía a tu lado. 
    Dormías con ligereza 
    bajo un aire risueño de efímeros cuerpos, 
    enamorada de una nada. Y la intensa sonrisa 
    te atravesó abriéndote los ojos asombrados. 
    ¿Nunca más regresó, de la nada, aquel alba? 

    Cesare Pavese (1908-1950) nació en Santo Stefano Belbo, un pequeño pueblo del Piamonte. Además de traductor y editor, fue uno de los escritores más destacados de la historia de la literatura italiana. Su carácter introspectivo y solitario marcó toda su obra, muy ligada a los lugares donde creció y caracterizada por un delicado matiz intimista. A causa de su declarado antifascismo fue confinado durante tres años por el régimen de Mussolini en una pequeña población de Calabria, experiencia que lo marcó profundamente bajo el punto de vista humano y literario. Suyas son algunas de las obras más valiosas del siglo XX italiano. Entre ellas: El diablo en las colinas (1948), La luna y las fogatas (1950) o su magnífico diario publicado póstumamente, El oficio de vivir (1952). Se suicidó en Turín con 42 años. 

    • Cada día el silencio del cuarto solitario 
      se cierra sobre el leve derroche de cada gesto 
      como el aire. Cada día la breve ventana 
      se abre inmóvil al aire que calla. La voz 
      ronca y dulce no vuelve en el fresco silencio. 

    • Es un placer lanzarse al agua que fluye límpida 
      y fresca de sol: a esta hora no hay nadie. 
      Al rozarlas, las cortezas de los chopos te hacen estremecer 
      mucho más que el agua crepitante de un chapuzón. Bajo el 
      agua todavía está oscuro 

    • Cada noche supone la liberación. Se contemplan los reflejos 
      del asfalto sobre las avenidas, que se entregan, lucientes, al viento. 
      Cada esporádico transeúnte tiene un rostro, una historia. 
      Mas ya no hay cansancio a esta hora: quien se detenga 

    • Me he encontrado a mí mismo. 
      Reflejado en el espejo 
      infinito, cintilante, 
      estoy, encorvado, envuelto en humo 
      y ni siquiera sé ya 
      si es en verdad una ilusión 
      o soy yo en cambio 
      su imagen vacía. 

    • El hombre solo se levanta cuando el mar está todavía oscuro 
      y las estrellan vacilan. Una tibieza de aliento 
      sube desde la orilla, donde está el lecho del mar, 
      y suaviza la respiración. Esta es la hora en que nada 
      puede suceder. Hasta la pipa, entre los dientes, 

    • ¿Aún ríe tu cuerpo con la intensa caricia 
      de la mano o del aire y en ocasiones reencuentra 
      en el aire otros cuerpos? Muchos de ellos retornan 
      con un temblor de la sangre, con una nada. También el cuerpo 
      que se tendió a tu flanco te busca en esta nada.