Oda a la niñez, de Claudio Rodríguez | Poema

    Poema en español
    Oda a la niñez

       I 


    ¿Y esta es tu bienvenida, 
    marzo, para salir de casa alegres: 
    con viento húmedo y frío de meseta? 
    Siempre ahora, en la puerta, 
    y, aún a pesar nuestro, vuelve, vuelve 
    este destino de niñez, que estalla 
    por todas partes: en la calle, en esta 
    voraz respiración del día, en la honda 
    sencillez del primer humo sabroso, 
    en la mirada, en cada laboreo 
    del hombre. 

    Siempre así, de vencida, 
    sólo por miedo a tal castigo, a tal 
    combate, ahora hacemos 
    confuso vocerío por ciudades, 
    por fábricas, por barrios 
    de vecindad. Más tras la ropa un tiemblo 
    nos tañe, y al salir por tantas calles 
    sin piedad y sin bulla, 
    rompe claras escenas 
    de amanecida y tantos 
    sucios ladrillos sin salud se cuecen 
    de intimidad de lecho y guiso. Entonces, 
    nada hay que nos aleje 
    de nuestro alto oficio de inocencia; 
    entonces, ya en faena, 
    cruzamos esta plaza, como si en junio fuera, 
    se abre nuestro pulmón trémulo de alba 
    y, como a mediodía, 
    ricos son nuestros ojos 
    de oscuro señorío. 



       II 


    Muchos hombres pasaron junto a nosotros, pero 
    no eran de nuestro pueblo. 
    Arrinconadas vidas dejan por estos barrios, 
    ellos, que eran el barrio sin murallas. 
    Miraron, y no vieron; y sus casas, 
    aunque tuvieran llave, 
    habitaron apenas. Culpa ha sido 
    de todos el que oyeran 
    sólo el inmenso pulso 
    de la injusticia, la sangrienta marcha 
    del casco frío del rencor. La puesta 
    del sol, fue sólo puesta 
    del corazón. ¿ Qué hacen ahí las palmas 
    de esos balcones sin el blanco lazo 
    de nuestra honda orfandad? ¿Qué este mercado 
    por donde paso ahora, 
    los cuarteles, las fábricas, las nubes, 
    la vida, el aire, todo, 
    sin la borrasca de nuestra niñez 
    que alza ola para siempre? 
    Siembre al salir pensamos 
    en la distancia, nunca 
    en la compañía. Y cualquier sitio es bueno 
    para hacer amistades. 
    Aunque hoy es peligroso:mucho polvo 
    entre los pliegues de la propaganda 
    hay. Cuanto antes 
    lleguemos al trabajo, mejor. 
    Mala bienvenida la tuya, marzo. Y nuestras calles, 
    claras como si dieran a los campos, 
    ¿adónde dan ahora? ¿Por qué todo es infancia? 
    Y ya la luz se amasa, 
    poco a poco enrojece; el viento templa 
    y en sus cosechas vibra 
    un gramo de alianza, un cabeceo 
    de los inmensos pastos del futuro. 



       III 


    Una verdad se ha dicho sin herida, 
    sin el negocio sucio 
    de las lágrimas, 
    con la misma ternura con que se da la nieve: 
    ved que todo es infancia. 
    La fidelidad de la tierra, 
    la presencia del cielo insoportable 
    que se nos cuela aquí, hasta en la cazalla 
    mañanera, los días 
    que amanecen con trinos y anochecen 
    con gárgaras, el ruido 
    del autobús que por fin llega, nuestras 
    palabras que ahora, 
    al saludar, quisieran 
    ser panales, y son 
    telas de araña, nuestra 
    violencia hereditaria, 
    la droga del recuerdo, la alta estafa del tiempo, 
    la dignidad del hombre 
    que hay que abrazar y hay 
    que ofrecer y hay 
    que salvar aquí mismo, 
    en medio de esta lluvia fría de marzo. 
    Ved que todo es infancia: 
    la verdad que es silencio para siempre. 
    Años de compra y venta, 
    hombres llenos de precios, 
    los pregones sin voz, las turbias bodas, 
    nos trajeron el miedo a la gran aventura 
    de nuestra raza: a la niñez. Ah, quietos, 
    quietos bajo ese hierro 
    que nos marca, y nos sana, y nos da amo. 
    Amo que es servidumbre, bridas que nos hermanan. 



       IV 


    Y nos lo quitarán todo 
    menos estas 
    botas de siete leguas. 
    Aquí, aquí, bien calzadas 
    en nuestros sosos pies de paso corto. 
    Aquí, aquí, estos zapatos 
    diarios, los de la ventana 
    del seis de enero. 
    Y nos lo quitarán todo 
    menos el traje sucio 
    de comunión, éste, el de siempre, el puesto. 
    Lo de entonces fue sueño. Fue una edad. Lo de ahora 
    es realidad. Esta es la única hacienda, ahora del hombre. 
    Y cuando estamos 
    llegando, y ya la lluvia 
    zozobra en nubes rápidas y se hunde 
    por estos arrabales 
    trémula de estertores luminosos, 
    bajamos la cabeza 
    y damos gracias sin saber qué es ello, 
    qué es lo que pasa, quién a sus maneras 
    nos hace, qué herrería, 
    qué inmortal fundición es esta. Y nadie, 
    nada hay que nos aleje 
    de nuestro oficio de felicidad 
    sin distancia ni tiempo. 
    Es el momento ahora 
    en el que, quién lo diría, alto, ciego, renace 
    el sol primaveral de la inocencia, 
    ya sin ocaso sobre nuestra tierra. 

    Claudio Rodríguez nació en 1934 en Zamora y en 1951 se trasladó a Madrid, en cuya Universidad Complutense se licenció en Filología Románica. Se dio a conocer con Don de la ebriedad, un libro deslumbrante que en 1953 ganó el Premio Adonais. De 1958 data Conjuros, su segundo libro de poemas. Fue lector de español en Inglaterra durante ocho años, primero en la Universidad de Nottingham y luego en la de Cambridge. Allí escribió Alianza y condena (1965), Premio de la Crítica de aquel año. De vuelta en España, se dedicó a la docencia universitaria, y hasta 1976 no publicó su cuarto poemario, El vuelo de la celebración. Recibió el Premio Nacional de Poesía en 1983 e ingresó en la Real Academia Española en 1987. Merecedor del Premio Príncipe de Asturias y del Premio Reina Sofía, falleció en Madrid en 1999. Su último libro, Casi una leyenda, apareció en 1991.