A la orilla de un pozo, sobre la fresca yerba, un incauto mancebo domía a pierna suelta. «Gritóle la Fortuna: Insensato, despierta; ¿no ves que ahogarte puedes, a poco que te muevas? Por ti y otros canallas a veces me motejan, los unos de inconstante, y los otros de adversa. Reveses de Fortuna llamáis a las miserias; ¿por qué, si son reveses de la conducta necia?
Llevaba en la cabeza una Lechera el cántaro al mercado con aquella presteza, aquel aire sencillo, aquel agrado, que va diciendo a todo el que lo advierte «¡Yo sí que estoy contenta con mi suerte!»
Recoge un pescador su red tendida, y saca un pececillo. «Por tu vida, exclamó el inocente prisionero, dame la libertad: solo la quiero, mira que no te engaño, porque ahora soy ruin; dentro de un año sin duda lograrás el gran consuelo
A la orilla de un pozo, sobre la fresca yerba, un incauto mancebo domía a pierna suelta. «Gritóle la Fortuna: Insensato, despierta; ¿no ves que ahogarte puedes, a poco que te muevas? Por ti y otros canallas a veces me motejan,
Cruzando montes y trepando cerros, aquí mato, allí robo, andaba cierto lobo, hasta que dio en las manos de los perros. Mordido y arrastrado fue de sus enemigos cruelmente; quedó con vida milagrosamente, mas inválido al fin y derrotado.
Entre montes, por áspero camino, tropezando con una y otra peña, iba un viejo cargado con su leña maldiciendo su mísero destino. Al fin cayó, y viéndose de suerte que apenas levantarse ya podía, llamaba con colérica porfía
Al que ostenta valimiento cuando su poder es tal, que ni influye en bien ni en mal, le quiero contar un cuento. En una larga jornada un camello muy cargado exclamó ya fatigado: «¡Oh, qué carga tan pesada!» Doña Pulga, que montada
Apacentando un Joven su ganado, gritó desde la cima de un collado: «¡Favor!, que viene el lobo, labradores». Éstos, abandonando sus labores, acuden prontamente, y hallan que es una chanza solamente. Vuelve a clamar, y temen la desgracia;