A la orilla de un pozo, sobre la fresca yerba, un incauto mancebo domía a pierna suelta. «Gritóle la Fortuna: Insensato, despierta; ¿no ves que ahogarte puedes, a poco que te muevas? Por ti y otros canallas a veces me motejan, los unos de inconstante, y los otros de adversa. Reveses de Fortuna llamáis a las miserias; ¿por qué, si son reveses de la conducta necia?
Es voz común que a más del mediodía, en ayunas la Zorra iba cazando; halla una parra, quédase mirando de la alta vid el fruto que pendía. Causábala mil ansias y congojas no alcanzar a las uvas con la garra, al mostrar a sus dientes la alta parra
Un cura y su criada en una aldea la noche de difuntos se calentaban juntos al fuego de una grande chimenea. La doncella era joven y graciosa tanto como inocente, y el cura un hombre ardiente, de barriga y gordura prodigiosa,
Un gallo muy maduro, de edad provecta, duros espolones, pacífico y seguro, sobre un árbol oía las razones de un zorro muy cortés y muy atento, más elocuente cuanto más hambriento.
Allá en tiempos pasados salieron desterrados de la Grecia los dioses inmortales. Un asilo buscaban, cuando en nuestro hemisferio se fundaban diversas religiosas monacales, y entre ellas, por gozar la vita bona, se refugió el dios Príapo en persona.
Un hombre que en el bosque se miraba con un hacha sin mango, suplicaba a los árboles diesen la madera que más sólida fuera para hacerle uno fuerte y muy durable.
Cantando la cigarra pasó el verano entero sin hacer provisiones allá para el invierno; los fríos la obligaron a guardar el silencio y a acogerse al abrigo de su estrecho aposento. Viose desproveída del precioso sustento:
Un maldito gorrión así decía a una liebre, que una águila oprimía: «¡No eres tú tan ligera, que si el perro te sigue en la carrera, lo acarician y alaban como al cabo acerque sus narices a tu rabo? Pues empieza a correr, ¿qué te detiene?»
Con varios ademanes horrorosos Los montes de parir dieron señales: Consintieron los hombres temerosos Ver nacer los abortos más fatales. Después que con bramidos espantosos Infundieron pavor a los mortales, Estos montes, que al mundo estremecieron,