Si usted no tiene una cuenta en Suiza
no entenderá este poema,
no entenderá las noticias,
las causas de la guerra,
las semanas de siete días.
Porque si usted no tiene una cuenta en Suiza
no es nadie. No está invitado a la fiesta.
Le servirá de poco vocear las condiciones climáticas,
conocer el interés de la deuda o la longitud del riesgo,
los costes de la llamada o su anchura de pecho,
el largo de chaqueta o su contorno de cuello;
el producto interior cero en sobres cerrados allende los impuestos.
Yo no tengo una cuenta en Suiza
pero me gustaría ocultarla.
Me gustaría barajar las cartas, partir el bacalao,
transferir la divisa según la franja horaria,
estafar con el reglamento en la mano, explotar una burbuja;
con una nariz anónima oler el mercado negro,
especular con el precio del precio
hasta que no cupieran los ceros en un cheque en blanco.
Si usted no tiene una cuenta corriente en Suiza
debería tenerla, vacía,
para entender este poema.
No preguntes por qué, pero me cuesta, me duele
cerrar cualquier libro por su verdad final.
Me exaspera la finitud sabida de cualquier gran historia,
el veinte por ciento abierto o cerrado de par en par.
A veces creo que he nacido para mirar al vértigo a los ojos.
No me gusta esa casa.
Hace un tiempo dejó de existir,
sin embargo sigue ahí delante.
El interés de la deuda soberana no cabe
en un poema. La poesía es infantil frente a
dos puntos de la prima de riesgo,
el descenso de la demanda agregada o la
eficiencia de nuevos mecanismos de esperanza.
Cuando se agota la paciencia,
siempre cae de ningún lado esta guerra.
Yo también quiero un jardín jugando
a las muñecas, una casa de madera limpia,
de aire fresco y ventanas de seda.
Uno empieza antes de esperar
que de sí surjan los motivos,
las guías, los objetivos a financiar.
Uno jugando a ser uno mismo
aprende los turnos, las cifras del azar
no exento del éxito de la probabilidad.
Si no te quise mañana,
por qué iba a quererte hoy, así,
como te querré en épocas pasadas.
Los planetas no se alinean
con las salamandras,
hojas secas se visten de guerras
bajo esta suela descalza.
Ni los sabios son inmunes a la ignorancia
ebria en dirección contraria.
Una vez quise ser bibliotecario
para matar moscas en el trabajo,
regañar a algún huérfano de libro,
traslucir sinopsis de una máscara,
adivinar la signatura pendiente.