Sé que lloraré cuando te vayas, durante meses, un torrente por los ojos.
Si es pronto, la juventud me aplastará como a una mosca veraniega.
Si es paciente, tu abrazo será cada vez más débil, más inmenso.
II
Por los ojos, como un niño de capricho, incapaz de oponerse a la naturaleza armado sólo con una manzana de noche, temblorosa como un patio de invierno.
Llueve en primavera, sol de invierno cae como hojas, horas como despierto sobre un calendario que penetra como las grietas de un beso sin retorno.
III
Infancia como un pasillo largo de sonrisas y limonero, qué alto está ¡y no mengua!, el niño, y alcanza el vértigo.
Y tú, ancla de sueños.
Sé que lloraré cuando te vayas, durante siglos, porque eres sonrisa, regazo, eres mis páginas
Casi sin darme cuenta, estoy empezando a rechazar moralmente a aquellos que consideran que el reloj marca las dos. En realidad, nunca son las dos. Los rechazo como seres inconscientes, aduladores de la banalidad y cíclicamente hipócritas, a conveniencia periódica.
Los hay que no pueden dejar de fumar, los hay alcohólicos y cada siete días, los hay adictos a la coca, a la heroína, a la próxima forma de evadir o alucinar.
Transcurrir en banquete o hambruna, vida requerida, dulce, insatisfactoria, limitada a intermitencias como lo está una cucharilla: liviana, ligera sólo contiene lo que no rebosa, agujero en potencia.