Ara y canta, de José María Gabriel y Galán | Poema

    Poema en español
    Ara y canta

       I 


    Labriego, ¿vas a la arada? 
    Pues dudo que haya otoñada 
    más grata y más placentera 
    para cantar la tonada 
    de la dulce sementera, 

    ¿Qué has dicho? ¡Que el desgraciado 
    que pasa el eterno día 
    bregando tras un arado 
    jamás cantó de alegría 
    si alguna vez ha cantado? 

    Es una queja embustera 
    la que me acabas de dar. 
    ¿No sabes que yo sé arar? 
    Pues déjame la mancera, 
    y oye, que voy a cantar: 



       II 


    Labriego poco paciente: 
    si crees que solo tu frente 
    vierte copioso sudor, 
    que sorbe innúmera gente, 
    sal de tu error, labrador. 

    Lo dice quien es tu hermano, 
    quien canta tu lucha brava, 
    lo dice quien por su mano 
    siega la mies en verano 
    y el huerto en invierno cava. 

    ¿Qué sabes tú del tributo 
    que el mundo al trabajo rinde, 
    ni qué sabes de su fruto, 
    si no has transpuesto la linde 
    del terruño diminuto? 

    Si el mundo aquel te impusiera 
    yugos que impone al mejor, 
    pensaras que tu mancera, 
    si no es la más llevadera 
    tampoco es la cruz mayor. 

    Te quema el sol del estío, 
    te azota el viento de enero 
    y aguantas en el baldío 
    los hálitos del rocío 
    y el golpe del aguacero. 

    Dura y perenne es la brega 
    que pide riegos la vega, 
    que pide rejas la arada, 
    que pide gente la siega, 
    que el huerto espera la azada. 

    y es trabajoso el descuajo, 
    y abrumador el destajo 
    y a veces nulo el afán... 
    ¡Y tal vez es el trabajo 
    más duro que blando el pan! 

    Todo es verdad, labrador; 
    pero en esos horizontes, 
    y en esas siembras en flor, 
    y en estos alegres montes, 
    ¿no hay nada consolador?. 

    ¿Todo negro es tu destino? 
    ¿Todo el vivir te envenena? 
    ¿De abrojos horribles llena 
    todo el árido camino? 
    ¿Toda ingrata es la faena? 

    ¿No sabes tú, labrador, 
    que hay frente que el tiempo arruga 
    escaldada en un sudor 
    que sana brisa no enjuga 
    con soplo consolador? 

    ¿Sabes que hay ojos que ciegan 
    laborando en la penumbra, 
    mientras los tuyos se entregan 
    al piélago en que se anegan 
    de la luz que nos alumbra? 

    ¿Sabes qué ambientes malsanos, 
    si no venenos letales 
    marchitan pechos humanos 
    con corazones leales 
    del tuyo dignos hermanos, 

    mientras tu pecho sanean, 
    y equilibran tus sentidos, 
    y tus sudores orean 
    ricas brisas que pasean 
    por estos campos floridos? 

    ¿Quieres en un mundo verte 
    con bravas agitaciones, 
    con injurias de la suerte, 
    con bárbaras tentaciones 
    y duelos, sin sangre, a muerte? 

    ¿Qué sirena engañadora 
    hasta aquí a decirte llega 
    que en la ciudad bullidora 
    ni se reza, ni se llora, 
    ni se sufre, ni se brega? 

    ¿Qué espíritu engañador 
    o torpe decirte quiso: 
    «Llora y suda, labrador, 
    que el mundo es un paraíso 
    regado con tu sudor?» 

    Fuera más útil y honrado 
    decirte quién ha arrancado 
    de las entrañas de un cerro 
    este pedazo de hierro 
    de la reja de tu arado. 

    Decirte que hornos ardientes 
    fundieron humanas frentes 
    cuando este hierro ablandaron, 
    y que en su masa cuajaron 
    sudores de hermanas gentes. 

    Ara tranquilo, labriego, 
    y piensa que no tan ciego 
    fue tu destino contigo, 
    que el campo es un buen amigo 
    y es dulce miel su sosiego, 

    y es salud el puro día, 
    y estas bregas son vigor, 
    y este ambiente es armonía, 
    y esta luz es alegría... 
    ¡Ara y canta, labrador!