Soñé la muerte y era muy sencillo: Una hebra de seda me envolvía, y a cada beso tuyo con una vuelta menos me ceñía. Y cada beso tuyo era un día. Y el tiempo que mediaba entre dos besos una noche. La muerte es muy sencilla.
Sabio jorobado, pide a la taberna, comadre del diablo, su teta de loba. El vino te enciende como una linterna y en turris eburnea trueca tu joroba, porque de nodriza tuviste una loba como los gemelos de Roma la Eterna.
La miseria se ríe con sórdida chuleta, su perro lazarillo le regala un festín. En sus funambulescos calzones va un poeta, y en su casaca el huérfano que tiene por delfín.
Yo andaba solo y callado porque tú te hallabas lejos; y aquella noche te estaba escribiendo, cuando por la casa desolada arrastró el horror su trapo siniestro.
Si tengo la fortuna de que con tu alma mi dolor se integre, te diré entre melancólico y alegre las singulares cosas de la luna. Mientras el menguante exiguo a cuyo noble encanto ayer amaste aumenta su desgaste de cequín antiguo,