Égloga, de Luis Cernuda | Poema

    Poema en español
    Égloga

    Tan alta, sí, tan alta 
    en revuelo sin brío, 
    la rama el cielo prometido anhela, 
    que ni la luz asalta 
    este espacio sombrío 
    ni su divina soledad desvela. 
    Hasta el pájaro cela 
    al absorto reposo 
    su delgada armonía. 
    ¿Qué trino colmaría, 
    en irisado rizo prodigioso 
    aguzándose lento, 
    como el silencio solo y sin acento? 

     Sólo la rosa asume 
    una presencia pura 
    irguiéndose en la rama tan altiva, 
    o equívoca se sume 
    entre la fronda oscura, 
    adolescente, esbelta, fugitiva. 
    Y la rama no esquiva 
    la gloria que la viste 
    aunque el peso la enoja; 
    ninguna flor deshoja, 
    sino ligera, lánguida resiste, 
    con airoso desmayo, 
    los dones que la brinda el nuevo mayo. 

    Si la brisa estremece 
    en una misma onda 
    el abandono de los tallos finos, 
    ágil tropel parece 
    tanta rosa en la fronda 
    de cuerpos fabulosos y divinos; 
    rosados torbellinos 
    de ninfas verdaderas 
    en fuga hacia el boscaje. 
    Aún trémulo el ramaje, 
    entre sus vueltas luce, prisioneras 
    de resistente trama, 
    las que impidió volar con tanta rama. 

    Entre las rosas yace 
    el agua tan serena, 
    gozando de sí misma en su hermosura; 
    ningún reflejo nace 
    tras de la onda plena, 
    fría, cruel, inmóvil de tersura. 
    Jamás esta clausura 
    su elemento desata; 
    sólo copia del cielo 
    algún rumbo, algún vuelo 
    que vibrando no burla tan ingrata 
    plenitud sin porfía. 
    Nula felicidad; monotonía. 

    Se sostiene el presente, 
    olvidado en su sueño, 
    con un ágil escorzo distendido. 
    Delicia. Dulcemente, 
    sin deseo ni empeño, 
    el instante indeciso está dormido. 
    ¿Y ese son atrevido 
    que desdobla lejano 
    alguna flauta impura? 
    Con su lluvia tan dura 
    ásperamente riega y torna cano 
    al aire de esta umbría 
    esa indecisa, vana melodía. 

    Acaso de algún eco 
    es riqueza mentida 
    ese vapor sonoro; fría vena 
    que en un confuso hueco 
    sus hielos liquida 
    y a la fronda tan muda así la llena. 
    Esta música ajena 
    entre las cañas yace, 
    y el eco, con su ala, 
    del labio que la exhala, 
    adonde clara, puramente nace. 
    Hurtándola, la cede 
    al aire que tan vano le sucede. 

    Idílico paraje 
    de dulzor tan primero. 
    Nativamente digno de los dioses. 
    Mas ¿qué frío celaje 
    se levanta ligero, 
    en cenicientas ráfagas veloces? 
    Unas secretas voces 
    este júbilo ofenden 
    desde gris lontananza; 
    con estéril pujanza 
    otras pasadas primaveras tienden, 
    hasta la que hoy respira, 
    una tierna fragancia que suspira. 

    Y la dicha se esconde; 
    su presencia rehuye 
    la plenitud total va prometida. 
    Infiel de nuevo, ¿adonde 
    turbadamente huye, 
    impaciente, entrevista, no rendida? 
    Está otra vez dormida, 
    en promesa probable 
    de inminente futuro. 
    Y deja yerto, oscuro, 
    este florido ámbito mudable, 
    a quien la luz asiste 
    con un dejo pretérito tan triste. 

    Sobre el agua benigna, 
    melancólico espejo 
    de congeladas, pálidas espumas, 
    el crepúsculo asigna 
    un sombrío reflejo 
    en donde anega sus inertes plumas. 
    Cuánto acercan las brumas 
    el infecundo hastío; 
    tanta dulce presencia 
    aún próxima, es ausencia 
    en este instante plácido y vacío, 
    cuando, elevado monte, 
    la sombra va negando el horizonte. 

    Silencio. Ya decrecen 
    las luces que lucían. 
    Ni la brisa ni el viento al aire oscuro 
    vanamente estremecen 
    con sus ondas, que abrían 
    surcos tan indolentes de azul puro. 
    ¿Y qué invisible muro 
    su frontera más triste 
    gravemente levanta? 
    El cielo ya no canta, 
    ni su celeste eternidad asiste 
    a la luz y a las rosas, 
    sino al horror nocturno de las cosas.