Sonata triste para la luna de Granada, de Luis García Montero | Poema

    Poema en español
    Sonata triste para la luna de Granada

    A Marga 
     
    'Le ciel est par-dessus le toit' 
    Paul Verlaine 

     
    Esta ciudad me mira con tus ojos, 
    parpadea, 
    porque ahora después de tanto tiempo 
    veo otra vez el piano que sale de la casa 
    y me llega de forma diferente, 
    huyendo del salón, 
    abordando las calles 
    de esta ciudad antigua y tan hermosa, 
    que sigue solitaria como tú la dejaste, 
    cargando con sus plazas, 
    entre el cauce perdido del anhelo 
    y al abrigo del mar. 
    Estarías aquí 
    y nada habría cambiado sino el tiempo, 
    el cadáver extraño de sus ríos 
    que siguen sumergidos 
    como tú los dejaste. 
    Ahora 
    siento otra vez mi cuerpo poblarse de veletas 
    y lo veo entendido 
    sobre generaciones de ventanas antiguas 
    mientras la noche avanza solitaria y perfecta. 
    Somos de una ciudad 
    cargada de paciencia, 
    que no conoce el sueño de los invernaderos, 
    ni ha vivido la extraña presencia del amor. 
    Como pequeñas venas 
    los comercios esperan para abrirse mañana 
    y el deseo no existe 
    más allá de la luna de los escaparates. 

    Hemos soñado ya todos los sueños, 
    hemos vivido aquí 
    donde la historia olvida sus raíles vacíos, 
    donde la paz es negra y se recoge 
    entre plazas cerradas, 
    sobre tabernas viejas, 
    bajo el borde morado del misterio. 

    Alguna vez soñamos 
    con un mundo distinto: 
    era cuando el imperio perdido del azúcar 
    y llegaban viajeros 
    al olor de la industria. 
    Las calles se llenaron de motores rugientes 
    y la frivolidad 
    como una enredadera brillante por los ojos 
    nos ofreció de pronto 
    templada carne, lámparas de araña. 
    Parece que os recuerdo 
    abrasados al mundo entre trajes de hilo, 
    entre la piel hermosa de una época 
    que nos dejó sus árboles, 
    el corazón grabado 
    sobre las pitilleras, y su dedicatoria 
    en las fotografías. 
    Ahora 
    cuando el destino ya no es una excusa 
    sino la soledad, 
    y los cielos están bajo el tejado 
    como tú los dejaste, 
    todo recuerda un sueño sucio 
    de madrugada. 
    Aquí 
    no tuvimos batallas sino espera. 
    La guerra fue un camión que nos buscaba, 
    detenido en la puerta, 
    partiendo con sus ojos encendidos 
    de espía 
    y al abrigo del mar. 
    Más tarde 
    entre canciones tristes de marineros rubios 
    todo quedó dormido. 
    De balcón a balcón 
    oímos la posguerra por la radio, 
    y lejos, 
    bajo las cruces frías de las plazas, 
    ancianas sombras negras pascaban 
    sosteniendo en las manos 
    nuestra supervivencia. 

    Esta ciudad es íntima, hermosamente obscena, 
    y tus manos son pálidas 
    latiendo sobre ella 
    y tu piel amarilla, quemada en el tabaco, 
    que me recuerda ahora 
    la luz artificial del alumbrado. 

    Vuelvo hacia ti. Mi corazón de búho 
    lo reciben sus piernas. 
    Como testigos mudos de la historia 
    acaricio las cúpulas perdidas, 
    palacios en ruina, 
    fuentes viejas 
    que recogen la luna 
    donde van a esconderse los últimos abrazos. 
    Verdes en el cansancio 
    de todas las esquinas 
    esta ciudad me mira con tus ojos de musgo, 
    me sorprende tranquila 
    de amor y me provoca. 
    Amanece 
    moradamente un día 
    que las calles comparten con la lluvia. 
    La soledad respira más allá 
    de las grúas 
    y mi cuerpo se extiende 
    por una luz en celo que adivina 
    los labios de la sierra, 
    la ropa por las torres de Granada. 

    La madrugada deja 
    rastros de oscuridad entre las manos. Oigo 
    una voz que clarea. Lentamente 
    los tejados sonríen cada vez más extensos, 

    y así, 
    como una ola, 
    entre la nube abierta de todos los suburbios, 
    esta ciudad se rompe sobre las alamedas, 
    bajo los picos últimos 
    donde la nieve aguarda 
    que suba el mar, que nazca la marea.