Andante en tres tiempos, de Olga Orozco | Poema

    Poema en español
    Andante en tres tiempos

    Más borroso que un velo tramado por la lluvia sobre 
    los ojos de la lejanía, confuso como un fardo, 
    errante como un médano indeciso en la tierra de nadie, 
    sin rasgos, sin consistencia, sin asas ni molduras, 
    así era tu porvenir visto desde las instantáneas rendijas del pasado. 
    Sin embargo detrás hay un taller que fragua sin cesar tu muestrario de máscaras. 
    Es un recinto que retrocede y que te absorbe exhalando el paisaje. 
    Allí en algún rincón están de pie tus primeras visiones, 
    y también las imágenes de ayer y aun los espejismos que no se condensaron, 
    más las ciegas legiones de fantasmas que son huecos anuncios todavía. 
    Entre todos imprimen un diseño secreto en las alfombras por donde pasarás, 
    muelen tus alimentos de mañana en el mortero de lo desconocido 
    y elaboran en rígidos lienzos los ropajes para tu absolución o tu condena. 
    Cambia, cambia de vuelo como la ráfaga del enjambre bajo la tormenta. 
    Un soplo habrá disuelto la reunión; un soplo la convoca en un nuevo diseño, 
    junto a nuevos ropajes y nuevos alimentos. 
    ¡Qué vivero de formas al acecho de un molde desde el principio hasta el final! 

    Palmo a palmo, virando de un día a otro fulgor, 
    de una noche a otra sombra, 
    llegas con cada paso a ese lugar al que te remolcaron todas las corrientes: 
    una región de lobos o corderos donde erigir tu tienda una vez más 
    y volver a partir, aunque te quedes, aspirado de nuevo por la boca del viento. 
    Es esa la comarca, esa es la casa, esos son los rostros que veías difusos, 
    fraguados en el humo de la víspera, 
    apenas esculpidos por el aliento leproso de la niebla. 
    Ahora están tallados a fuego ya cuchillo en la dura sustancia del presente, 
    una roca escindida que ahora permanece, que ya se desmorona, 
    que se escurre sin fin por la garganta de insaciables arenas. 
    Entre la oscilación y la caída, si no te deslizas hacia adelante, mueres. 
    Apresúrate, atrapa el petirrojo que huye, la escarcha que se disuelve en el jardín. 
    Somételos con un ademán tan rápido que se asemeje a la quietud, 
    a esa trampa del tiempo solapado que se desdobla en antes y en después. 
    Sólo conseguirás un presagio de plumas y un resabio de hielo. 
    A veces, pocas veces, un modelo para los esplendores y las lágrimas de tu porvenir. 
    ¿Y qué fue del pasado, con su carga de sábanas ajadas y de huesos roídos? 
    ¿Es nada más que un embalaje roto, 
    una mano en el vidrio ceniciento a lo largo de toda la alameda? 
    ¿O un depósito inmóvil donde se acumulan el oro y las escorias de los días? 
    Pliega las alas para ver. 
    Esa mole que llevas creciendo a tus espaldas es tu albergue vampiro. 
    No me hables solamente de un panteón o de algún tribunal embalsamado, 
    siempre en suspenso y hasta el fin del mundo. 
    Porque también allí cada dibujo cambia con el último trazo, 
    cada color se funde con el tinte de la nueva estación o la que viene, 
    cada calco envejece, se resquebraja y pierde su motivo en el polvo; 
    pero el muro en que guardas estampadas las manos de la infancia 
    es ese mismo muro que proyecta unas manos finales sobre los muros de tu porvenir. 
    ¿Y acaso ayer no asoma algunas veces como marzo en septiembre y canta en la enramada? 
    Todo es posible cuando se desborda y rehace un recuento la memoria: 
    imprevistas alquimias, peldaños que chirrían, cajones clausurados y carruajes en marcha. 
    Sorprendente inventario en el que testimonian hasta las puertas sin abrir. 
    Hoy, mañana o ayer, nunca ningún refugio donde permanecer inalterable 
    entre la llama y el carbón. 
    Los oleajes se cruzan y conspiran como los visitantes en los sueños, 
    intercambian espumas, cáscaras, amuletos y papeles cifrados y jirones, 
    y todo tiempo inscribe su sentencia bajo las aguas de los otros tiempos, 
    mientras viajas a tumbos en tu tablón precario justo en el filo de las marejadas. 
    Pero hay algo, tal vez, que logró sustraerse a las maquinaciones de los años, 
    algo que estaba fuera de la fugacidad, la duración y la mudanza. 
    Guarda, guarda esa prenda invulnerable que cobraste al pasar y que llevas 
    oculta como un ladrón furtivo desde el comienzo hasta el futuro. 
    Estandarte o sortija, perla, grano de sal o escapulario, 
    describe una parábola de brasas a medida que te aproximas, que llegas, que te alejas: 
    tu credencial de amor en la noche cerrada.

    • Somos duros fragmentos arrancados del reverso del cielo, 
      trozos como cascotes insolubles 
      vueltos hacia este muro donde se inscribe el vuelo de la realidad, 
      la mordedura blanca del destierro hasta el escalofrío. 
      Suspendidos en medio del derrumbe por obra del error, 

    • Fue muy largo esta vez el año de las víboras, 
      duro como la trama que aprisiona el adiós en la sustancia inmóvil. 
      Sus nudos me ciñeron al vacío, 
      a la viga que corre sobre las sorpresivas salas del infierno 
      y que me balancea a punto de arrojarme, 



    • Estos son mis dos pies, mi error de nacimiento, 
      mi condena visible a volver a caer una vez más bajo las implacables ruedas del zodíaco, 
      si no logran volar. 
      No son bases del templo ni piedras del hogar. 
      Apenas si dos pies, anfibios, enigmáticos, 

    • Detrás del vaho blanco está el orden, la invitación o el ruego, 
      cada uno encendiendo sus señales, 
      centelleando a lo lejos con las joyas de la tentación o el rayo del peligro. 
      Era una gran ventaja trocar un sorbo hirviente por un reino, 

    • No te pronunciaré jamás, verbo sagrado, 
      aunque me tiña las encías de color azul, 
      aunque ponga debajo de mi lengua una pepita de oro, 
      aunque derrame sobre mi corazón un caldero de estrellas 
      y pase por mi frente la corriente secreta de los grandes ríos. 

    • Yo, Olga Orozco, desde tu corazón digo a todos que muero. 
      Amé la soledad, la heroica perduración de toda fe, 
      el ocio donde crecen animales extraños y plantas fabulosas, 
      la sombra de un gran tiempo que pasó entre misterios y entre alucinaciones,