Catecismo animal, de Olga Orozco | Poema

    Poema en español
    Catecismo animal

    Somos duros fragmentos arrancados del reverso del cielo, 
    trozos como cascotes insolubles 
    vueltos hacia este muro donde se inscribe el vuelo de la realidad, 
    la mordedura blanca del destierro hasta el escalofrío. 
    Suspendidos en medio del derrumbe por obra del error, 
    enfrentamos de pie las inclemencias, la miserable condición del rehén, 
    expuestos del costado que se desgasta al roce de la arena y al golpe del azar, 
    bajo el precario sol que quizás hoy se apague, que no salga mañana. 
    No tenemos ni marca de predestinación ni vestigios de las primeras luces; 
    ni siquiera sabemos qué soplo nos expulsa y nos aspira. 
    Apenas si el sabor de la sed, si la manera de traspasar la niebla, 
    si esta vertiginosa sustancia en busca de salida, 
    hablan de alguna parte donde las mutiladas visiones se completan, 
    donde se cumple Dios. 
    Ah descubrir la imagen oculta e impensable del reflejo, 
    la palabra secreta, el bien perdido, 
    la otra mitad que siempre fue una nube inalcanzable desde la soledad 
    y es toda la belleza que nos ciñe en su trama y nos rehace, 
    una mirada eterna como un lago para sumergir el amor en su versión insomne, 
    en su asombro dorado. 
    Pero no hay quien divise el centelleo de una sola fisura para poder pasar. 
    Nunca con esta vida que no alcanza para ir y volver, 
    que reduce las horas y oscila contra el viento, 
    que se retrae y vibra como llama aterida cuando asoma la muerte. 
    Él quedará incrustado en este muro. 
    Él será más opaco que un pedrusco roído por la lluvia hasta el juicio final. 
    ¿Y servirá este cuerpo más allá para sobrevivir, 
    el inepto monarca, el destronado, el frágil desertor obligatorio, 
    rescatado otra vez desde su nadie, desde las entrañas de un escorial de brumas? 
    ¿O será simplemente como escombro que se arroja y se olvida? 
    No, este cuerpo no puede ser tan sólo para entrar y salir. 
    Yo reclamo los ojos que guardaron el Etna bajo las ascuas de otros ojos; 
    pido por esta pìel con la que caigo al fondo de cada precipicio; 
    abogo por las manos que buscaron, por los pies que perdieron; 
    apelo hasta por el luto de mi sangre y el hielo de mis huesos. 
    Aunque no haya descanso, ni permanencia, ni sabiduría, 
    defiendo mi lugar: 
    esta humilde morada donde el alma insondable se repliega, 
    donde inmola sus sombras 
    y se va.

    • Somos duros fragmentos arrancados del reverso del cielo, 
      trozos como cascotes insolubles 
      vueltos hacia este muro donde se inscribe el vuelo de la realidad, 
      la mordedura blanca del destierro hasta el escalofrío. 
      Suspendidos en medio del derrumbe por obra del error, 

    • Fue muy largo esta vez el año de las víboras, 
      duro como la trama que aprisiona el adiós en la sustancia inmóvil. 
      Sus nudos me ciñeron al vacío, 
      a la viga que corre sobre las sorpresivas salas del infierno 
      y que me balancea a punto de arrojarme, 



    • Estos son mis dos pies, mi error de nacimiento, 
      mi condena visible a volver a caer una vez más bajo las implacables ruedas del zodíaco, 
      si no logran volar. 
      No son bases del templo ni piedras del hogar. 
      Apenas si dos pies, anfibios, enigmáticos, 

    • Detrás del vaho blanco está el orden, la invitación o el ruego, 
      cada uno encendiendo sus señales, 
      centelleando a lo lejos con las joyas de la tentación o el rayo del peligro. 
      Era una gran ventaja trocar un sorbo hirviente por un reino, 

    • No te pronunciaré jamás, verbo sagrado, 
      aunque me tiña las encías de color azul, 
      aunque ponga debajo de mi lengua una pepita de oro, 
      aunque derrame sobre mi corazón un caldero de estrellas 
      y pase por mi frente la corriente secreta de los grandes ríos. 

    • Me reconoces, noche, 
      me palpas, me recuentas, 
      no como avara sino como una falsa ciega, 
      o como alguien que no sabe jamás quién es la náufraga y quién la endechadora. 
      Me has escogido a tientas para estatua de tus alegorías,