En tu inmensa pupila, de Olga Orozco | Poema

    Poema en español
    En tu inmensa pupila

    Me reconoces, noche, 
    me palpas, me recuentas, 
    no como avara sino como una falsa ciega, 
    o como alguien que no sabe jamás quién es la náufraga y quién la endechadora. 
    Me has escogido a tientas para estatua de tus alegorías, 
    sólo por la costumbre de sumergirme hasta donde se acaba el mundo 
    y perder la cabeza en cada nube y a cada paso el suelo debajo de los pies. 
    ¿Y acaso no fui siempre tu hijastra preferida, 
    esa que se adelanta sin vacilaciones hacia la trampa urdida por tu mano, 
    la que muerde el veneno en la manzana o copia tu belleza del espejo traidor? 
    Olvidaron atarme al mástil de la casa cuando tú pasabas 
    para que no me fuera cada vez tras tu flauta encantada de ladrona de niños, 
    y fue a expensas del día que confundí en tu bolsa la blancura y la nieve, 
    los lobos y las sombras. 
    Ahora es tarde para volver atrás y corregir las horas de acuerdo con el sol. 
    Ahora me has marcado con tu alfabeto negro. 
    Pertenezco a la tribu de los que se hospedan en radiantes tinieblas, 
    de los que ven mejor con los ojos cerrados y se acuestan del lado del abismo 
    y alzan vuelo y no vuelven 
    cuando Tomás abre de par en par las puertas del evidente mediodía. 
    Tú fundas tu Tebaida en lo invisible. Tú no concedes pruebas. 
    Tú aconteces, secreta, innumerable, sin formular, 
    como una contemplación vuelta hacia adentro, 
    donde cada señal es el temblor de un pájaro perdido en un recinto inmenso 
    y cada subida un salto en el vacío contra gradas y ausencias. 
    Tú me vigilas desde todas partes, 
    descorriendo telones, horadando los muros, atisbando entre fardos de penumbra; 
    me encuentras y me miras con la mirada del cazador y del testigo, 
    mientras descubro en medio de tus altas malezas el esplendor de una ciudad perdida, 
    o busco en vano el rastro del porvenir en tus encrucijadas. 
    Tú vas quién sabe adónde siguiendo las variaciones de la tentación inalcanzable, 
    probándote los rostros extremos del horror, de la extrema belleza, 
    la imposible distancia de los otros, el tacto del infierno, 
    visiones que se agolpan hasta donde te alcanza la oscuridad que tengo, 
    hasta donde comienzas a rodar muerte abajo con carruajes, con piedras y con perros. 
    Pero yo no te pido lámparas exhumadas ni velos entreabiertos. 
    No te reclamo una lección de luz, 
    como no le reclamo al agua por la llama ni a la vigilia por el sueño. 
    O habría de confiar menos en ti que en las duras, recelosas estrellas? 
    ¡Hemos visto tantos misterios insolubles con sus blancos reflejos, aún a pleno sol! 
    Basta con que me lleves de la mano como a través de un bosque, 
    noche alfombrada, noche sigilosa, que aprenda yo lo que quieres decir, 
    lo que susurra el viento, 

    y pueda al fin leer hasta el fondo de mi pequeña noche en tu pupila inmensa.

    • Somos duros fragmentos arrancados del reverso del cielo, 
      trozos como cascotes insolubles 
      vueltos hacia este muro donde se inscribe el vuelo de la realidad, 
      la mordedura blanca del destierro hasta el escalofrío. 
      Suspendidos en medio del derrumbe por obra del error, 

    • Fue muy largo esta vez el año de las víboras, 
      duro como la trama que aprisiona el adiós en la sustancia inmóvil. 
      Sus nudos me ciñeron al vacío, 
      a la viga que corre sobre las sorpresivas salas del infierno 
      y que me balancea a punto de arrojarme, 



    • Estos son mis dos pies, mi error de nacimiento, 
      mi condena visible a volver a caer una vez más bajo las implacables ruedas del zodíaco, 
      si no logran volar. 
      No son bases del templo ni piedras del hogar. 
      Apenas si dos pies, anfibios, enigmáticos, 

    • Detrás del vaho blanco está el orden, la invitación o el ruego, 
      cada uno encendiendo sus señales, 
      centelleando a lo lejos con las joyas de la tentación o el rayo del peligro. 
      Era una gran ventaja trocar un sorbo hirviente por un reino, 

    • No te pronunciaré jamás, verbo sagrado, 
      aunque me tiña las encías de color azul, 
      aunque ponga debajo de mi lengua una pepita de oro, 
      aunque derrame sobre mi corazón un caldero de estrellas 
      y pase por mi frente la corriente secreta de los grandes ríos. 

    • Me reconoces, noche, 
      me palpas, me recuentas, 
      no como avara sino como una falsa ciega, 
      o como alguien que no sabe jamás quién es la náufraga y quién la endechadora. 
      Me has escogido a tientas para estatua de tus alegorías,