Entre perro y lobo, de Olga Orozco | Poema

    Poema en español
    Entre perro y lobo

    Me clausuran en mí. 
    Me dividen en dos. 
    Me engendran cada día en la paciencia 
    y en un negro organismo que ruge como el mar. 
    Me recortan después con las tijeras de la pesadilla 
    y caigo en este mundo con media sangre vuelta a cada lado: 
    una cara labrada desde el fondo por los colmillos de la 
    furia a solas, 
    y otra que se disuelve entre la niebla de las grandes manadas. 

    No consigo saber quién es el amo aquí. 
    Cambio bajo mi piel de perro a lobo. 
    Yo decreto la peste y atravieso con mis flancos en llamas 
    las planicies del porvenir y del pasado; 
    yo me tiendo a roer los huesecitos de tantos sueños 
    muertos entre celestes pastizales. 
    Mi reino está en mi sombra y va conmigo dondequiera que vaya, 
    o se desploma en ruinas con las puertas abiertas a la 
    invasión del enemigo. 

    Cada noche desgarro a dentelladas todo lazo ceñido al corazón, 
    y cada amanecer me encuentra con mi jaula de obediencia en el lomo. 
    Si devoro a mi dios uso su rostro debajo de mi máscara, 
    y sin embargo sólo bebo en el abrevadero de los hombres 
    un aterciopelado veneno de piedad que raspa en las entrañas. 
    He labrado el torneo en las dos tramas de la tapicería: 
    he ganado mi cetro de bestia en la intemperie, 
    y he otorgado también jirones de mansedumbre por trofeo. 
    Pero ¿quién vence en mí? 
    ¿Quién defiende de mi bastión solitario en el desierto, la sábana del sueño? 
    ¿Y quién roe mis labios, despacito y a oscuras, desde mis propios dientes?

    • Somos duros fragmentos arrancados del reverso del cielo, 
      trozos como cascotes insolubles 
      vueltos hacia este muro donde se inscribe el vuelo de la realidad, 
      la mordedura blanca del destierro hasta el escalofrío. 
      Suspendidos en medio del derrumbe por obra del error, 

    • Fue muy largo esta vez el año de las víboras, 
      duro como la trama que aprisiona el adiós en la sustancia inmóvil. 
      Sus nudos me ciñeron al vacío, 
      a la viga que corre sobre las sorpresivas salas del infierno 
      y que me balancea a punto de arrojarme, 



    • Estos son mis dos pies, mi error de nacimiento, 
      mi condena visible a volver a caer una vez más bajo las implacables ruedas del zodíaco, 
      si no logran volar. 
      No son bases del templo ni piedras del hogar. 
      Apenas si dos pies, anfibios, enigmáticos, 

    • Detrás del vaho blanco está el orden, la invitación o el ruego, 
      cada uno encendiendo sus señales, 
      centelleando a lo lejos con las joyas de la tentación o el rayo del peligro. 
      Era una gran ventaja trocar un sorbo hirviente por un reino, 

    • No te pronunciaré jamás, verbo sagrado, 
      aunque me tiña las encías de color azul, 
      aunque ponga debajo de mi lengua una pepita de oro, 
      aunque derrame sobre mi corazón un caldero de estrellas 
      y pase por mi frente la corriente secreta de los grandes ríos. 

    • Yo, Olga Orozco, desde tu corazón digo a todos que muero. 
      Amé la soledad, la heroica perduración de toda fe, 
      el ocio donde crecen animales extraños y plantas fabulosas, 
      la sombra de un gran tiempo que pasó entre misterios y entre alucinaciones,