Con la misma piel, de Olga Orozco | Poema

    Poema en español
    Con la misma piel

    Fue muy largo esta vez el año de las víboras, 
    duro como la trama que aprisiona el adiós en la sustancia inmóvil. 
    Sus nudos me ciñeron al vacío, 
    a la viga que corre sobre las sorpresivas salas del infierno 
    y que me balancea a punto de arrojarme, 
    a punto de ceder. 
    Fue cruel la temporada de las víboras 
    -la más cruel del bestiario-, 
    su látigo enredado a mis tobillos sometiendo el lugar 
    y su turbio veneno destilando la furia y el reclamo por mi 
    maldita boca, 
    contra todo perdón. 
    ¿Y hasta dónde tapizarán con piedras tramposas mi camino? 
    ¿Y hasta cuándo cancelarán la entrada de los más 
    deslucidos paraísos? 
    Donde había un jardín crecieron como locas las gramillas. 
    No hubo vino feliz ni el sol volvió a salir desde mi puerta. 
    Mi mesa está rajada; mi silla no está en pie. 
    En mi cama hizo nido el alacrán y las sábanas son sudarios congelados. 
    He perdido pedazos de mi cuerpo, trozos irrecobrables. 
    Mi alma fue estrujada como un mísero trapo, 
    molida en el abrazo constrictor de las víboras que se muerden la 
    cola alrededor de mi destino. 
    Porque no habrá relevo. 
    No habrá más rotación de sabandijas. Ningún cambio de piel. 
    Y desde cada cara vendrá Job a predicar su ejemplo, 
    erróneo, insuficiente, lamentable, 
    porque nunca, jamás, ninguna recompensa desandará la pérdida.

    • Somos duros fragmentos arrancados del reverso del cielo, 
      trozos como cascotes insolubles 
      vueltos hacia este muro donde se inscribe el vuelo de la realidad, 
      la mordedura blanca del destierro hasta el escalofrío. 
      Suspendidos en medio del derrumbe por obra del error, 

    • Fue muy largo esta vez el año de las víboras, 
      duro como la trama que aprisiona el adiós en la sustancia inmóvil. 
      Sus nudos me ciñeron al vacío, 
      a la viga que corre sobre las sorpresivas salas del infierno 
      y que me balancea a punto de arrojarme, 



    • Estos son mis dos pies, mi error de nacimiento, 
      mi condena visible a volver a caer una vez más bajo las implacables ruedas del zodíaco, 
      si no logran volar. 
      No son bases del templo ni piedras del hogar. 
      Apenas si dos pies, anfibios, enigmáticos, 

    • Detrás del vaho blanco está el orden, la invitación o el ruego, 
      cada uno encendiendo sus señales, 
      centelleando a lo lejos con las joyas de la tentación o el rayo del peligro. 
      Era una gran ventaja trocar un sorbo hirviente por un reino, 

    • No te pronunciaré jamás, verbo sagrado, 
      aunque me tiña las encías de color azul, 
      aunque ponga debajo de mi lengua una pepita de oro, 
      aunque derrame sobre mi corazón un caldero de estrellas 
      y pase por mi frente la corriente secreta de los grandes ríos.