Mnemosyne, de Vicente Gaos | Poema

    Poema en español
    Mnemosyne


    ¿De dónde llegas tú, ilusión de un día 
    porvenir, tú, esperanza de un pasado 
    nunca cumplido, pero que yo ahora 
    evoco entre marchitas profecías 
    o anticipo en nostalgia? De recuerdos 
    y paciencias me nutro. Los ayeres 
    y los mañanas dóciles acuden 
    a congregárseme en el hoy, un punto 
    que se dilata ilimitado en ondas 
    concéntricas, amor, amor sin tregua. 

    Y todo es por tu mágico conjuro, 
    diosa de pies ligeros, madre mía. 
    Déjame que te diga apasionado 
    mi amor por ti, mi luz en la honda noche, 
    mi amparo, mi sostén en el vacío, 
    tan adherida a mí como mi carne, 
    tan enraizada en mí como mis huesos, 
    yo mismo, pues ¿qué soy yo, que sería 
    sin ti, a quien debo lo único que tengo, 
    mi fugitiva eternidad de hombre? 

    Por tu amorosa previsión ordeno 
    mis días y mis noches. Yo soy sólo 
    una memoria y un deseo, un agua 
    que estremecidamente fluye inmóvil. 
    Tú conoces mi vida, me recuerdas 
    fechas: murió en Valencia, veintiuno 
    marzo, mil novecientos diecinueve. 
    Nació... Dejemos el espacio en blanco 
    y Dios lo llenará cuando me llame 
    para ingresar –completo ya– en su Nada. 

    Porque otros son, mi amor, nuestros caminos. 
    Igual que al vagabundo de Manhattan, 
    a mí que me preocupan tantas cosas, 
    no me preocupa Dios, no me preocupa 
    la muerte. Me deslizo de tu brazo 
    por el tiempo (no un río que termina 
    en el mar del morir, sino el mar mismo 
    siempre consigo. ensimismado, libre 
    en su flujo y reflujo), por el tiempo, 
    ajeno al gran pecado del olvido. 

    Mediada está mi vida. Estoy inmerso 
    en aguas tan profundas que no tienen 
    fondo o lo desconocen. En el pecho 
    me late el corazón, una campana 
    sorda, callada, pero jubilosa 
    en su entrañado grito de alegría. 
    Sea la vida sueño, sombra, nube, 
    viaje, ilusión o luna mortecina. 
    No me preocupa Dios cuando la sangre 
    su música musita misteriosa. 

    La rosa, el chopo grácil de la orilla, 
    el río rumoroso y solitario, 
    el monasterio al pie de la montaña 
    y la cima nevada, aquellos ojos 
    que un segundo brillaron ofreciendo 
    amor, las rachas frescas de la lluvia 
    y el viento en los adioses del verano, 
    todo conlleva tiempo y acongoja 
    el corazón con mano delicada, 
    fábula y mito de los años muertos. 

    Pero guiado de tu mano avanzo 
    hacia el futuro, avaro me demoro 
    en el sueño, potencio a mi albedrío 
    el instante presente, me hago dueño 
    de su fugaz y fina consistencia, 
    vuelvo la vida del revés, aplaco 
    su curso, llego a un éxtasis tan quieto 
    y tan seguro que en la noche brilla 
    llena la luna, y ya no escucho el río 
    que huye ni sus consejas sibilinas. 

    Soy tuyo, madre mía, tú me dices 
    constante lo que soy, lo que no he sido, 
    lo que he de ser o no he de ser, tú eres 
    a la vez mi pasado y mi futuro, 
    mi ya y mi todavía, me preservas 
    de olvido, en esperanza cada día 
    me salvas, me das vida a millares, 
    mundo en relieve –bosques, mares, cielos–, 
    me das, entre las horas huidizas, 
    partes de eternidad, vences la muerte. 

    Sí, deja que te diga apasionado 
    mi amor por ti, luz mía y madre mía, 
    memoria mía en mí, puro deseo 
    de ser memoria en otros. Sea sueño 
    la vida. ¿No es también sueño la muerte? 
    Gracias, gracias te doy por endiosarme 
    mágica, humilde, breve, inmortalmente 
    en mi unidad dramática de hombre 
    bajo el cielo estrellado. Nunca cese 
    mi corazón de dar su sí a la vida.