El retorno del héroe, de Álvaro Sarró | Poema

    Poema en español
    El retorno del héroe

    Me he quedado dormido en el vagón.
    Reboto en Las Rosas y despierto en Quevedo.
    Bajo en San Bernardo y tomo el tren de vuelta.

    Un pibe come fideos chinos con los dedos,
    y tira la mitad al suelo del vagón.
    ¿Estarán duretes?
    ¿Será gilipollas?

    La botella se nos terminó a eso de la una y, claro, tuvimos que rapiñar.
    Mi compadre karateca empleó a fondo su don de gentes para rellenar nuestro vaso.
    Borrachos como cubas, dando tumbos por el templo de Debod.
    La gente parecía pasarlo bien, aunque no sé por qué.
    Acabamos arrasando al Trivial en un sofá más caro que mi futuro apartamento,
    y bebiendo whisky con más solera que los Estuardo (en la época que los Estuardo aún tenían solera, por supuesto).

    Subo los escalones metálicos de tres en tres.
    El segurata, joven y macarrónico, juega al fútbol con un tapón.
    Huele a churros y a rocío.

    Domingo, ocho y media de la mañana.

    • Tirado en la vieja mecedora.
      En la terraza del apartamento playero.
      Alzo la lata de Estrella Damm.
      Como si fuera el Santo Grial.
      Bebo con los ojos cerrados.
      El agua condensada gotea sobre mi ombligo.
      Acerco esta cerveza mediterránea a mis ojos miopes.

    • El dolor de tripa.
      Las mismas trabas a la hora de narrar.
      Todo le suena pretencioso, envasado, artificial.
      Debe recuperar la furia de días pasados.
      Entonces, las historias brotaban como pus.
      Removían mentalidades.
      Eso es lo que trata de hacer.

    • A veces, estando solo en mi habitación, lloro de angustia.
      Procuro no hacer ruido, por lo que, generalmente, me cuesta respirar.
      Escribir no consigue aliviar este miedo a perder a los míos.
      Vivo atenazado por el temor de que cada instante compartido sea el último.

    • Almuerzo en un bar, junto al metro de Avenida de la Ilustración.
      Bocadillo de calamares, tercio de Mahou, puñado de torreznos y 1984.
      Entro a currar en hora y media.
      Tic tac, tic tac.
      Aquí dentro se está de lujo.

    • Las sirenas azules aúllan atravesando la avenida.
      A toda velocidad.
      Dos, cuatro, seis.
      Se saltan semáforos.
      Provocan frenazos.
      E improperios.
      En Vicálvaro deben de tener mucho follón.
      O un menú del día que te cagas.
      Jornada tras jornada.

    • Al sexto cubata solía fantasear con:
      Cambiar su jotabé-cola por un acá-cuarentaysiete.
      Entrar en la pista central.
      Abrirse paso entre la multitud.
      - Entre los cavernícolas que se empujan como ciervos.
      - Entre las féminas de largas piernas y labios rojos.

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