'El león enfermo', de Concepción Arenal | Poema

Título: El león enfermo
Autora: Concepción Arenal
Narrador: Francisco Fernández

 

 

El león enfermo

 

Enfermo y gravemente
de los bosques hallóse el soberano
LEÓN, como decimos vulgarmente.
su estómago, hasta allí cual pocos sano,
ni el más leve sustento digería
sin dolor infinito,
aunque su majestad sólo comía
lechón, tierno cordero, algún cabrito.
Si era efecto del tiempo esta dolencia,
si de grave pesar, de incontinencia
o del rudo trabajo y los desvelos
con que, grato a los dioses, se afanaba
el cetro a sostener de sus abuelos
para el público bien y por su gloria,
es un punto dudoso de la historia.
Mas lo que está probado
de un modo positivo y concluyente
es que, al verse doliente,
tuvo su majestad la extraña idea
de reunir al punto una asamblea
y en ella discutir de cuál sustento
a su estómago débil convendría,
y de cuál se abstendría
por nocivo e indigesto.
la turba cortesana, por supuesto,
al escuchar del rey el pensamiento
le pareció muy bien, según costumbre.
Envíanse correos
que veloces recorran los estados
para que diputados
envíe cada especie al gran congreso.
reunida por fin la muchedumbre
jura dar en conciencia
su humilde parecer, de cuyo peso
será juez el monarca; y él primero
expone con voz débil su dolencia.
Hablar le toca, y habla un carnicero
diciendo que el enfermo se alimente
con abundante carne ensangrentada.
levántase otro que de aquel disiente,
pues aunque sea cierto
que es la carne alimento grato y sano,
más saludable fuera al soberano
de animal que ya días lleve muerto.
Un herbívoro en turno estaba luego,
el cual, con voz sonora y mucho fuego,
dijo que el rey en breve moriría
si obstinado seguía
cubriendo de cadáveres su mesa.
«La verde yerba, la sabrosa fruta,
el rubio grano y el panal dorado,
que la vista recrea y embelesa,
-decía el oso- le darán la vida.»
Fue su idea aplaudida
pero trabóse en breve una disputa
entre los pitagóricos señores.
El maíz, la cebada y el centeno,
la uva, la castaña, la bellota,
el regaliz, el heno
y cuantos vegetales
alimenta la tierra en su ancho seno.
tuvieron, entre aquellos animales,
fieles, si no ilustrados defensores.
y cada cual al rey le recetaba
el alimento mismo que él usaba.
Después de mucho tiempo y gran ruido,
el punto dio su majestad leonisa
por suficientemente discutido;
le puso a votación y con gran priesa
en lugar de pesar, los votos cuenta.
La Prudencia (aunque extraña cosa sea
verla en una asamblea)
estaba allí (de paso, por supuesto),
que en tales reuniones no se sienta.
E imponiendo silencio con un gesto:
«Rey infeliz, -le dijo- eres perdido
si en recibir consejo así consientes
de seres que de ti son diferentes;
y una vez que consejo hayas pedido
tienes tan poco seso
que el número calculas y no el peso.»
El monarca la oyó sin hacer caso
y, viendo que de aquellos animales
el número menor por carne estaba,
resolvióse a vivir de vegetales.
Pero el nuevo alimento
de tal modo al monarca repugnaba
que muy poco tragaba
y eso con asco mucho y gran tormento.
A poco que este plan hubo entablado
murió de inanición el desdichado.
 
Cuando muchos votos son
como eran en esta historia,
no cuentes con la memoria
pésalos con la razón;
 
ni busques jamás consejo
en hombre que no es tu igual,
aconsejaráte mal
aunque bueno, sabio y viejo,
 
cada cual juzga por sí;
diráte la verdad fiel,
pero ¿qué verdad? La de él,
que no es verdad para ti.

 

  • El temple

    «¿Decidme por qué razón
    uno al hierro, otro al acero,
    comparaba D. Antero
    a Nemesio y a León?»
    «Porque con los dos metales
    gran semejanza se advierte:
    uno débil, otro fuerte,
    vinieron al mundo iguales.
    ...

  • El sobrio y el glotón

    Había en un lugarón
    dos hombres de mucha edad,
    uno de gran sobriedad
    y el otro gran comilón.
    La mejor salud del mundo
    gozaba siempre el primero,
    estando de Enero a Enero
    débil y enteco el segundo.
    ...

  • El pajarero

    En cierto lugar habia
    un ricacho solterón
    con la más rara afición,
    o si se quiere mania.
    Y era pájaros juntar,
    con maña domesticarlos,
    y aun [a] algunos enseñarlos
    palabras a pronunciar.
    ...

  • El mastín y el gallo

    Sabido es de cada cual
    que aún mucho más que el caballo,
    entre los vanos, el gallo
    es vanidoso animal.
    Había en cierto lugar
    uno que el cuello inclinaba
    cuando la puerta pasaba
    por temor de tropezar;
    ...

  • Manuel Acuña

    Ante el recuerdo bendito
    de aquella noche sagrada
    en que la patria alherrojada
    rompió al fin su esclavitud;
    ante la dulce memoria
    de aquella hora y de aquel día,
    yo siento que en el alma mía
    canta algo como un laúd.
    ...

  • Rosalía de Castro

    Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros,
    ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros,
    lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso,
    de mí murmuran y exclaman:
    —Ahí va la loca soñando
    con la eterna primavera de la vida y de los campos,
    y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos,
    y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado.
    ...

  • Alfonsina Storni

    Para decirte, amor, que te deseo,
    sin los rubores falsos del instinto.
    Estuve atada como Prometeo,
    pero una tarde me salí del cinto.
    Son veinte siglos que movió mi mano
    para poder decirte sin rubores:
    "Que la luz edifique mis amores".
    ¡Son veinte siglos los que alzo mi mano!
    ...

  • José Selgas

    Bajaron los ángeles,
    besaron su rostro,
    y cantando a su oído, dijeron:
    “Vente con nosotros.”
    Vio el niño a los ángeles,
    de su cuna en torno,
    y agitando los brazos, les dijo:
    “Me voy con vosotros.”
    ...