'Los monos arquitectos', de Concepción Arenal | Poema

Título: Los monos arquitectos
Autora: Concepción Arenal
Narrador: Francisco Fernández

 

 

Los monos arquitectos

 

De monos una cuadrilla
gentes todas principales,
quiso sentar sus reales
en un pueblo de Castilla.
 
No se sabe a punto fijo
el objeto del viaje,
pero un grave personaje
hablando del caso, dijo:
 
que venían a ensayar
de reforma un vasto plan
que el gobierno de Tetuán
no quiso allí tolerar.
 
Según otro, una cucaña
buscaban los muy pillastres,
y por no sufrir desastres
dieron la vela hacia España.
 
Con refinada maldad
o con noble intento y puro,
ellos a puerto seguro
llegaron sin novedad.
 
Y en Castilla, como he dicho,
a muy poco de llegar
quisiéronse avecindar
por razón o por capricho.
 
Pensaron, y a fe con juicio,
que a la sociedad naciente
sería muy conveniente
tener propio un edificio.
 
Si habla la historia verdad
supusieron, ¡cosa extraña!,
que no se tiene en España
idea de propiedad.
 
Pues llegados a un solar,
sin preguntar por su dueño,
con gran esfuerzo y empeño
pusiéronse a trabajar.
 
Y fue grande su alborozo,
y fue mucho su contento
al hallar hecho el cimiento
y aun de pared un buen trozo.
 
Cada cual ufano empieza,
ponen manos a la obra
y en actividad les sobra
lo que les falta en cabeza.
 
Entre todos se concierta
como cosa muy urgente
de necesidad patente
poner dintel a la puerta.
 
Mas halla la ejecución
un grave tropiezo, y era
no hallar piedra ni madera
de oportuna dimensión;
 
párase entonces la gente
con desaliento profundo,
mas cierto ingenio fecundo
les propone un espediente:
 
«Únase cada fragmento
con diligencia oportuna
y de muchas piezas, una
hágase propia al intento,
 
y si cada cual se esfuerza
este consejo a seguir,
habremos de conseguir
nuestro objeto; unión es fuerza.
 
Esto ha dicho no sé quién,
y tan sublime verdad
si es cierta en la humanidad
aquí lo será también.»
 
Todos claman: «¡Gran idea!»
Y secundando el intento
cada cual en un momento
piedra abundante acarrea.
 
El inventor, muy paciente
y diestro, las va casando.
«Ya está -dice al fin juzgando
que el tamaño es suficiente-.
 
¡Alzad! La suerte corona
nuestra constancia y ardor!»
Levantan, pero, ¡oh, dolor!,
la piedra se desmorona.
 
Hay quien juzga casual
la consecuencia precisa,
y hacen otro ensayo aprisa,
y otro con éxito igual.
 
Y sacan en conclusión
con lógico rigorismo,
que una piedra no es lo mismo
que de piedras un montón.
 
¡Quién no vé en la sociedad
por desgracia ejemplos mil,
del cortés trato pueril
sin cariño y sin verdad!
 
¿Hay para esperar razón
que ese remedo impostor
en los días de dolor
consolará el corazón?
 
Y por ventura ¿ese impío
mentir, afecto sublime
de una alma que triste gime
podrá llenar el vacío?
 
Ni aun el corazón vulgar
que esta farsa no importuna,
si le deja la fortuna
puede consuelos hallar.
 
Y esa dicha de retazos
que algunos tienen por buena
cuando la desgracia truena
cae deshecha en pedazos.
 
¿Si la experiencia cruel
tiene esta regla en su abono,
por qué imitamos al mono
con la piedra del dintel?