'El oso y el lobo', de Concepción Arenal | Poema

Título: El oso y el lobo
Autora: Concepción Arenal
Narrador: Francisco Fernández

 

 

El oso y el lobo

 

En la cristalina fuente
que tan pura el agua lleva
en su rápida corriente
y se llama río Deva
cuando llega al mar potente.
 
Y de julio caluroso
como a las doce del día,
llegó a beber presuroso
de un lobo en la compañía
grande y corpulento un oso.
 
El aura suave y pura,
y la pradera florida,
y la fuente que murmura,
todo a descansar convida
y paz ofrece y ventura.
 
Sentáronse a descansar
el lobo y el oso juntos
no viendo a nadie llegar,
y después de otros asuntos
pónense de éste a tratar:
 
«Ya me acerco a la vejez,
-dijo el lobo- y por más traza
que en ello pongo, ¡pardiez!,
cada día hay menos caza
y más hambre cada vez.
 
Pasan del abril las flores
pasan las nieves de enero
sin que en estos alredores
logre atrapar un cordero
a los malditos pastores.»
 
«Te está muy bien empleado,
-respondióle grave el oso-,
¿Por qué, del hambre acosado,
no has de tragar, melindroso,
de yerba un solo bocado?
 
¿Por qué no comes manzanas
ni peras, ni moscatel,
que de nombrarle entro en ganas,
ni maíz, ni rica miel,
ni cerezas, ni avellanas?
 
¿Tiene de razón asomo
tu carnicera manía?
come de todo, cual como,
que si no, por vida mía,
flaco has de tener el lomo.
 
Si acaso de hambre te mueres
de mi cariño leal
ni el menor auxilio esperes;
no es lo que te pasa un mal
sino porque tú lo quieres.»
 
Mas el lobo replicó:
«Si comer frutas no puedo.»
«Pues qué, ¿no las como yo?
No auxiliaré, no haya miedo,
al que la razón no oyó.»
 
Así hallamos en la vida
moralistas como el oso
que intentan, cosa es sabida,
con aire majestuoso
 
así hallamos en la vida
moralistas como el oso
que intentan, cosa es sabida,
con aire majestuoso
cortarnos a su medida.
 
Poco es que la humanidad
contra sus dogmas arguya;
no hay otra felicidad
ni otra razón que la suya,
ni tampoco otra verdad.
 
Si de un pecho dolorido
no comprenden la amargura
exclaman: ¡dolor fingido!
Y es necedad o locura
la pasión que no han sentido.
 
Por no sé qué facultad
del mundo se juzgan dueños,
y su grave necedad
creced, dice a los pequeños,
y a los grandes, acortad.
 
Años hace que le oí
decir como regla a un viejo
y la guardé para mí,
que el sabio al dar un consejo
se acuerda poco de sí.

 

  • El temple

    «¿Decidme por qué razón
    uno al hierro, otro al acero,
    comparaba D. Antero
    a Nemesio y a León?»
    «Porque con los dos metales
    gran semejanza se advierte:
    uno débil, otro fuerte,
    vinieron al mundo iguales.
    ...

  • El sobrio y el glotón

    Había en un lugarón
    dos hombres de mucha edad,
    uno de gran sobriedad
    y el otro gran comilón.
    La mejor salud del mundo
    gozaba siempre el primero,
    estando de Enero a Enero
    débil y enteco el segundo.
    ...

  • El pajarero

    En cierto lugar habia
    un ricacho solterón
    con la más rara afición,
    o si se quiere mania.
    Y era pájaros juntar,
    con maña domesticarlos,
    y aun [a] algunos enseñarlos
    palabras a pronunciar.
    ...

  • El mastín y el gallo

    Sabido es de cada cual
    que aún mucho más que el caballo,
    entre los vanos, el gallo
    es vanidoso animal.
    Había en cierto lugar
    uno que el cuello inclinaba
    cuando la puerta pasaba
    por temor de tropezar;
    ...

  • Manuel Acuña

    Ante el recuerdo bendito
    de aquella noche sagrada
    en que la patria alherrojada
    rompió al fin su esclavitud;
    ante la dulce memoria
    de aquella hora y de aquel día,
    yo siento que en el alma mía
    canta algo como un laúd.
    ...

  • Rosalía de Castro

    Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros,
    ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros,
    lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso,
    de mí murmuran y exclaman:
    —Ahí va la loca soñando
    con la eterna primavera de la vida y de los campos,
    y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos,
    y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado.
    ...

  • Alfonsina Storni

    Para decirte, amor, que te deseo,
    sin los rubores falsos del instinto.
    Estuve atada como Prometeo,
    pero una tarde me salí del cinto.
    Son veinte siglos que movió mi mano
    para poder decirte sin rubores:
    "Que la luz edifique mis amores".
    ¡Son veinte siglos los que alzo mi mano!
    ...

  • Rosalía de Castro

    Yo las amo, yo las oigo,
    cual oigo el rumor del viento,
    el murmurar de la fuente
    o el balido de cordero.
    Como los pájaros, ellas,
    tan pronto asoma en los cielos
    el primer rayo del alba,
    le saludan con sus ecos.
    ...