Mi tierra, de Vicente Gerbasi | Poema

    Poema en español
    Mi tierra


    En la yerba tostada por el día, el sueño del caballo 
    nos rodea de flores, como el dibujo de un niño, 
    mientras la fruta cae del espeso follaje plateado, 
    que tiembla y brilla en las cigarras de una luz solitaria. 
    ¿En qué edad vivo, ahora que atravieso esta soledad de fuego, 
    esta tristeza donde muge el toro en lontananza, esta nostalgia 
    donde el cacto crece entre las colinas y va hasta el horizonte, 
    esta monótona melancolía de la paloma torcaz, escondida, 
    aquí junto al río, más allá, no se sabe dónde, junto a la muerte, 
    bajo el cielo límpido que transporta alguna nube ardiente? 
    Ando entre derretidos espejos donde la flor se desfigura, 
    donde la miel resbala con el cuerpo deforme de los árboles, 
    por donde el ave pasa con un efímero temblor de iris. 
    La tierra muestra sus rojas heridas, sus pedruscos, sus cuevas, 
    sus grandes hormigas, sus gruesas hojas aceitosas, sus palmas, 
    sus viviendas de barro, donde el hombre cuelga su guitarra. 
    La gente seca en el viento del sol pieles de toro, 
    muele el maíz, hace el almidón, teje la fibra dorada, 
    mas anda como invisible, en silencio, en la pesadumbre, 
    en el humo del tabaco, buscando yerbas medicinales, 
    Interrogo y no recibo respuesta, y sólo alguna voz, 
    desde una puerta oscura que guarda la pobreza, 
    me dice: 'Cuídate de la muerte en estos campos de la soledad', 
    y vuelve a esconderse, mientras el viento mueve sus llamas, 
    y levanta el polvo entre las resecas espigas, 
    entre los ancianos que permanecen sentados junto a la ceniza. 
    Nada de hecho, sólo siento el sol, silbar la serpiente; 
    nada he dicho aún, sólo sé que amo esta gente sonámbula, 
    que del mundo sólo conoce esta tierra roja, estas colinas rojas, 
    donde crece la vegetación más amarga y sedienta. 
    Nada sé, sólo oigo pasos, voces y cantos quejumbrosos, 
    y por la tarde veo que llevan un ataúd hacia la noche. 



    • Aquí he llegado 
      para imponerme el conocimiento de la eternidad, 
      para ver rodar mi cabeza 
      tiempo abajo, 
      arena abajo, 
      alucinación abajo, 
      hacia el metálico redoble de los truenos 
      que confunden las montañas 
      en negros ámbitos azules. 



    • Mi ser fluye en tu música, 
      bosque dormido en el tiempo, 
      rendido a la nostalgia de los lagos del cielo. 
      ¿cómo olvidar que soy oculta melodía 
      y tu adusta penumbra voz de los misterios? 
      He interrogado los aires que besan la sombra, 



    • Relámpago extasiado entre dos noches, 
      pez que nada entre nubes vespertinas, 
      palpitación del brillo, memoria aprisionada, 
      tembloroso nenúfar sobre la oscura nada, 
      sueño frente a la sombra: eso somos. 
      Por el agua estancada va taciturno el día, 



    • Quieren olvidar que Dios resplandece a través del arcoíris; 
      que la brisa, en las calles tumultuosas, 
      es un recuerdo de las flautas escondidas en los bosques. 
      Quieren olvidar que en mí los días se mueven en el canto de las aves. 



    • En la yerba tostada por el día, el sueño del caballo 
      nos rodea de flores, como el dibujo de un niño, 
      mientras la fruta cae del espeso follaje plateado, 
      que tiembla y brilla en las cigarras de una luz solitaria.