Sonata, de Álvaro Mutis | Poema

    Poema en español
    Sonata

    Por los árboles quemados después de la tormenta. 
    Por las lodosas aguas del delta. 
    Por lo que hay de persistente en cada día. 
    Por el alba de las oraciones. 
    Por lo que tienen ciertas hojas 
    en sus venas color de agua 
    profunda y en sombra. 
    Por el recuerdo de esa breve felicidad 
    ya olvidada 
    y que fuera alimento de tantos años sin nombre. 
    Por tu voz de ronca madreperla. 
    Por tus noches por las que pasa la vida 
    en un galope de sangre y sueño 
    Por lo que eres ahora para mí. 
    Por lo que serás en el desorden de la muerte. 
    Por eso te guardo a mi lado 
    como la sombra de una ilusoria esperanza. 

    • Pienso a veces que ha llegado la hora de callar. 
      Dejar a un lado las palabras, 
      las pobres palabras usadas 
      hasta sus últimas cuerdas, 
      vejadas una y otra vez 
      hasta haber perdido 
      el más leve signo 
      de su original intención 

    • Por los árboles quemados después de la tormenta. 
      Por las lodosas aguas del delta. 
      Por lo que hay de persistente en cada día. 
      Por el alba de las oraciones. 
      Por lo que tienen ciertas hojas 
      en sus venas color de agua 
      profunda y en sombra. 

    • In memoriam J. G. D. 
       
      Bien sea en la orilla del río que baja de la cordillera 
      golpeando sus aguas contra troncos y metales dormidos, 
      en el primer puente que lo cruza y que atraviesa el tren 
      en un estruendo que se confunde con el de las aguas; 

    • Que te acoja la muerte 
      con todos tus sueños intactos. 
      Al retorno de una furiosa adolescencia, 
      al comienzo de las vacaciones que nunca te dieron, 
      te distinguirá la muerte con su primer aviso. 
      Te abrirá los ojos a sus grandes aguas, 

    • Un llanto 
      un llanto de mujer 
      interminable, 
      sosegado, 
      casi tranquilo. 
      En la noche, un llanto de mujer me ha despertado. 
      Primero un ruido de cerradura, 
      después unos pies que vacilan 
      y luego, de pronto, el llanto. 
      Suspiros intermitentes 

    • Cala tu miseria, 
      sondéala, conoce sus más escondidas cavernas. 
      Aceita los engranajes de tu miseria, 
      ponla en tu camino, ábrete paso con ella 
      y en cada puerta golpea 
      con los blancos cartílagos de tu miseria. 
      Compárala con la de otras gentes