'El chaparrón de las truchas', de Concepción Arenal | Poema

Título: El chaparrón de las truchas
Autora: Concepción Arenal
Narrador: Francisco Fernández

 

 

El chaparrón de las truchas

 

Había en una ocasión
en casa de cierto conde
que vive yo no sé dónde,
numerosa reunión.
 
Por costumbre que a ley pasa
y en verdad muy racional,
a las once, cada cual
retirábase a su casa.
 
Pues bien: las once sonaron,
para otra noche aplazada
dejaron una charada,
y todos se levantaron.
 
Uno de los concurrentes
oyó un extraño ruido,
aplicó atento el oído,
y exclamó: «¡Llueve a torrentes!»
 
Fue general la sorpresa
habiendo todos dejado
el cielo muy despejado;
y dijo así la condesa:
 
«Mientras aclara la noche,
tomad, señores, asiento
porque no tengo (y lo siento)
para conduciros coche.
 
Si sigue la tempestad,
preparando están la cena,
aunque no será tan buena
como lo és mi voluntad.»
 
A este agasajo sincero
el valor dan que se debe,
mas juzgan pasará en breve,
por ser fuerte, el aguacero.
 
Y siéntanse muy serenos
a esperar cerca del fuego
que deje de llover luego,
o que llueva un poco menos.
 
Uno que a cansarse empieza
«Quiero ver el chaparrón»
dijo; y abriendo el balcón
sacó fuera la cabeza.
 
«Pues señor, o no sé jota,
o no hay nubes en el cielo
y sequísimo está el suelo
y de agua no cae gota»,
 
dice. Y vanse de contado
todos al propio balcón,
y con grande admiración,
ven que está el cielo estrellado.
 
Cáusales no poca risa
el quid pro quo singular,
y tratan de averiguar
la causa, aunque estén deprisa.
 
Pero esta causa, ¿cuál era?
Sencilla como otras muchas:
que estaba friendo truchas
marica, la cocinera.
 
Y el tal pescado al caer
en el aceite que hervía
un ruido producía
semejante al de llover.
 
Y era tal la semejanza
al través de las paredes
que (no lo tomen ustedes
a ponderación o chanza).
 
El más perspicaz oído,
puesto en igual condición,
la mismísima ilusión
por verdad hubiera tenido.
 
Imagine cada cual
si en la cosa más sencilla
(testigo esta fabulilla)
hay riesgo de juzgar mal.
 
Si en el ejemplo en cuestión
uno de esperar cansado
a él no se hubiera asomado,
o si no hubiera balcón.
 
Cenaran de buena gana,
marcháranse a recoger,
y aquel soñado llover
juraran por la mañana.
 
Esto recuerda el calor
con que gritan satisfechos
ciertos prójimos: «¡Los hechos,
pero los hechos, señor!
»
 
Si yo solo de hechos trato
y confirman mi opinión,
¿dónde está la observación
de esos hechos, mentecato?
 
¿Tienes tú seguridad
que un hombre, sea el que fuere,
cuando un hecho te refiere
no ha faltado a la verdad?
 
¿Y si verídico fue,
afirmarás, por ventura,
que un error no te asegura,
iluso, de buena fe?
 
¿Ignora tu insuficiencia
los hechos al invocar
que ia ciencia de observar
es de muy pocos la ciencia?
 
Difícil la observación,
escasa la voluntad,
grande la comodidad,
de tener fija opinión.
 
Por eso cunde el error
llegando a nuestros oídos
estos gritos repetidos:
¡pero los hechos, señor!
 
A ellos debe responder
el hombre cuerdo y machucho:
«Los hechos enseñan mucho,
pero es a quien sabe ver.»

 

  • El temple

    «¿Decidme por qué razón
    uno al hierro, otro al acero,
    comparaba D. Antero
    a Nemesio y a León?»
    «Porque con los dos metales
    gran semejanza se advierte:
    uno débil, otro fuerte,
    vinieron al mundo iguales.
    ...

  • El sobrio y el glotón

    Había en un lugarón
    dos hombres de mucha edad,
    uno de gran sobriedad
    y el otro gran comilón.
    La mejor salud del mundo
    gozaba siempre el primero,
    estando de Enero a Enero
    débil y enteco el segundo.
    ...

  • El pajarero

    En cierto lugar habia
    un ricacho solterón
    con la más rara afición,
    o si se quiere mania.
    Y era pájaros juntar,
    con maña domesticarlos,
    y aun [a] algunos enseñarlos
    palabras a pronunciar.
    ...

  • El mastín y el gallo

    Sabido es de cada cual
    que aún mucho más que el caballo,
    entre los vanos, el gallo
    es vanidoso animal.
    Había en cierto lugar
    uno que el cuello inclinaba
    cuando la puerta pasaba
    por temor de tropezar;
    ...

  • Rosalía de Castro

    Yo las amo, yo las oigo,
    cual oigo el rumor del viento,
    el murmurar de la fuente
    o el balido de cordero.
    Como los pájaros, ellas,
    tan pronto asoma en los cielos
    el primer rayo del alba,
    le saludan con sus ecos.
    ...

  • Manuel Acuña

    Ante el recuerdo bendito
    de aquella noche sagrada
    en que la patria alherrojada
    rompió al fin su esclavitud;
    ante la dulce memoria
    de aquella hora y de aquel día,
    yo siento que en el alma mía
    canta algo como un laúd.
    ...

  • Rosalía de Castro

    Dicen que no hablan las plantas, ni las fuentes, ni los pájaros,
    ni el onda con sus rumores, ni con su brillo los astros,
    lo dicen, pero no es cierto, pues siempre cuando yo paso,
    de mí murmuran y exclaman:
    —Ahí va la loca soñando
    con la eterna primavera de la vida y de los campos,
    y ya bien pronto, bien pronto, tendrá los cabellos canos,
    y ve temblando, aterida, que cubre la escarcha el prado.
    ...

  • Rosalía de Castro

    Cuando sopla el Norte duro
    y arde en el hogar el fuego,
    y ellos pasan por mi puerta
    flacos, desnudos y hambrientos,
    el frío hiela mi espíritu,
    como debe helar su cuerpo,
    y mi corazón se queda,
    al verles ir sin consuelo,
    ...