'El párroco y sus feligreses', de Concepción Arenal | Poema

Título: El párroco y sus feligreses
Autora: Concepción Arenal
Narrador: Francisco Fernández

 

 

El párroco y sus feligreses

 

Un pueblo que, según dice la historia,
se halla en el interior de Andalucía
padeció, como de otra no hay memoria,,
una horrible sequía.
Consternada la gente
mira el campo asolado,
y si el agua no acude de contado
la mejor finca de aquel pingüe suelo
no dará la simiente.
Los ojos vuelven todos hacia el cielo,
imploran con fervor y piedad mucha
remedio breve a tan acerbos males;
mas el cielo no escucha
por razones que ignoran los mortales.
Viendo que inútilmente
su piedad imploraban,
impíos los más de ellos blasfemaban
con boca maldiciente.
Era el cura del pueblo un virtuoso
varón, modesto y grave,
y oyendo aquel lenguaje escandaloso,
por más que del deber hollen los fueros,
dice con voz suave
a sus mal resignados feligreses:
 
«Una declaración tengo que haceros.
Hoy cesan de la suerte los reveses:
a mí, aunque pecador flaco e indigno,
el piadoso cielo
de esta revelación me creyó digno.
Su cólera justísima depone,
y para enviar al abrasado suelo
la lluvia deseada
que cada cual implora,
sola una condición sencilla impone:
que unánime dé el pueblo y libre voto
por el cual determine claramente,
de empezar a llover, el día y hora;
si así no fuere, ¡el pacto queda roto!»
 
Cuando ésto oyó la gente
cada cual a votar se precipita;
uno quiere que llueva enseguidita,
otro que el sol se vele con celaje,
porque tiene que hacer cierto viaje
que le importa muy más que la cosecha,
votando así que el día
siguiente ha de llover de su regreso.
«¡No!, -le grita muy poco satisfecha
una moza-; pardiez, no ha de ser eso;
precisamente estoy de romería.»
Otro yerba segada
tiene, y le haría el agua grave daño
hasta verla encerrada.
Otro el agua no quiere en aquel año
porque no es cosechero,
sino tratante en granos
cuya abundancia atasca su granero.
Y otros, en fin, con mil pretextos vanos,
por no hacer el relato más prolijo,
tantas dificultades opusieron
que de acuerdo común no consiguieron
señalar a la lluvia día fijo.
Dios no escuchó la charla inoportuna
y el agua les mandó por su fortuna.
Entonces el buen cura así les dijo:
 
«¡Oh juicios de los hombres, juicios vanos!
¡Oh desdichada suerte!
Si la pusiera dios en vuestras manos
fuera vida infeliz y triste muerte.
Limitada razón y vana ciencia,
¿por qué acusas impía
la dulce providencia
diciendo: "en su lugar mejor sería...?"
Sella ya el labio inmundo,
que si Dios un momento
su dirección fiase a tu talento,
nuevo caos tornara a ser el mundo.»

 

  • El temple

    «¿Decidme por qué razón
    uno al hierro, otro al acero,
    comparaba D. Antero
    a Nemesio y a León?»
    «Porque con los dos metales
    gran semejanza se advierte:
    uno débil, otro fuerte,
    vinieron al mundo iguales.
    ...

  • El sobrio y el glotón

    Había en un lugarón
    dos hombres de mucha edad,
    uno de gran sobriedad
    y el otro gran comilón.
    La mejor salud del mundo
    gozaba siempre el primero,
    estando de Enero a Enero
    débil y enteco el segundo.
    ...

  • El pajarero

    En cierto lugar habia
    un ricacho solterón
    con la más rara afición,
    o si se quiere mania.
    Y era pájaros juntar,
    con maña domesticarlos,
    y aun [a] algunos enseñarlos
    palabras a pronunciar.
    ...

  • El mastín y el gallo

    Sabido es de cada cual
    que aún mucho más que el caballo,
    entre los vanos, el gallo
    es vanidoso animal.
    Había en cierto lugar
    uno que el cuello inclinaba
    cuando la puerta pasaba
    por temor de tropezar;
    ...

  • Rosalía de Castro

    Su ciega y loca fantasía corrió arrastrada por el vértigo,
    tal como arrastra las arenas el huracán en el desierto.
    Y cual halcón que cae herido en la laguna pestilente,
    cayó en el cieno de la vida, rotas las alas para siempre.
    Mas aun sin alas cree o sueña que cruza el aire, los espacios,
    y aun entre el lodo se ve limpio, cual de la nieve el copo blanco.
    No maldigáis del que, ya ebrio, corre a beber con nuevo afán;
    su eterna sed es quien le lleva hacia la fuente abrasadora,
    ...

  • Manuel Flores

    Bésame con el beso de tu boca,
    cariñosa mitad del alma mía,
    un sólo beso el corazón invoca,
    que la dicha de dos me mataría.
    ¡Un beso nada mas!...Ya su perfume
    en mi alma derramándose, la embriaga;
    y mi alma por tu beso se consume
    y por mis labios impaciente vaga.
    ...

  • Alfonsina Storni

    Para decirte, amor, que te deseo,
    sin los rubores falsos del instinto.
    Estuve atada como Prometeo,
    pero una tarde me salí del cinto.
    Son veinte siglos que movió mi mano
    para poder decirte sin rubores:
    "Que la luz edifique mis amores".
    ¡Son veinte siglos los que alzo mi mano!
    ...

  • Manuel Acuña

    Ante el recuerdo bendito
    de aquella noche sagrada
    en que la patria alherrojada
    rompió al fin su esclavitud;
    ante la dulce memoria
    de aquella hora y de aquel día,
    yo siento que en el alma mía
    canta algo como un laúd.
    ...