Ya lo sabemos. No nos digas nada. Lo sabemos: ahórrate la pena de contarnos sonriendo lo que sufres desde que estás enferma. ¡Ah, te vas sin remedio!, te vas, y sin embargo, no te quejas: jamás te hemos oído una palabra que no fuera serena, serena como tú, como el cariño de hermanita mayor con que nos besas, de hermanita mayor que por nosotros se olvidó de ser novia... No te quejas, no quieres afligirnos, pero lloras cuando nadie te mira, y tu tristeza silenciosa no tiene una amargura ¿Por qué serás tan buena?
El otoño, muchachos. Ha llegado sin sentirlo siquiera, lluvioso, melancólico, callado. El familiar bullicio de la acera tan alegre en las noches de verano se va apagando a la oración. La gente abandona las puertas más temprano.
Como ya en el barrio corrió la noticia, algunos vecinos llegan consternados, diciendo en voz baja toda la injusticia que amarga la suerte de los desdichados...
La mesa estaba alegre como nunca. Bebíamos el té: mamá reía recordando, entre otros, no sé qué antiguo chisme de familia, una de nuestras primas comentaba — recordando con gracia los. modales, de un testigo irritado — el incidente
Cuando escucho el rojo violín de tu risa, en el que olvidados acordes evocas, un cálido vino — licor de bohemia — me llena el cerebro de músicas locas.