
Muchos libros, muchas voces y un poco más.
Lo mismo que un San Jerónimo,
hueso, pellejo y raigambre,
llorando estoy en tu puerta
mis pecados capitales.
Los siete no..., los catorce,
que a catorce cientos caben,
que cada uno de los siete
que en el catecismo se abren,
Se alejaban desvalidas bandadas de pájaros
dejando en el cielo dudas y temblores.
El aire vestía de esencias la tarde,
y el corazón buscaba el sur de las palabras,
la dulce marea cristalina de la infancia,
los ecos, los sauces, las lunas redondas,